Veinte años que ya volvíamos

Mi compañero de viaje Pepe Oñate habla con razón del imponente edificio de la Estación Central, de la habitación del hotel al nivel del agua, desde la ventana nos saludaban los barquitos, y la plaza en honor, es verdad, de esa cerveza catalana, donde además está el Palacio Real, sustentado por 3.000 estacas de madera; de los escaparates, sí, vaya jugueterías, carnicerías y pescaderías que hay por allí. Y en cuanto al bar con nombre de futbolista caro, si recuerdo bien y es el que yo pienso, ese es carísimo. Ni me imagino cuánto pagarían hoy por él. Y entonces yo añado: la mañana se ganó en un bocadillo de arenque con cervecita frente a los barcos de pescadores, placer de dioses os digo; luego, ese laberinto de canales en el que es fácil perderse cuando uno llega por primera vez y no acierta a orientarse en la trampa circular; una plaza hecha de museos, hay que elegir uno porque para todos no hay tiempo, optamos por los girasoles, que para la ronda de nocturna ya habrá tiempo y por cierto se nos antoja larga en esta ciudad cuando vemos los puentes iluminados sobre caballeros, príncipes y capitanes. La fábrica de diamantes que pertenecía al suegro del don Juan más famoso de aquella tierra, que además tenía una tienda de deportes no muy lejos de allí. Vamos, que Cieza no es, no os creáis lo que digan por ahí. Y ya empezábamos a volver: superado un duro despertar, tres insolentes perfectamente dormidos hacen caso miserable a una señora que despotrica de nuestro querido hotel. Nos espera un furtivo partido de fútbol a las puertas del Imperio de Ibertren, para luego dejar el país prometido cruzando la frontera por mar, resaca amenizada por chirigotas camino de un episodio medieval. Es sábado noche, concierto solemne con baile de luces al amparo de la gran plaza asimétrica, y lacón a la gallega en un bar rodeado de grises edificios de funcionarios. La juega estaba asegurada. El viaje terminó mañana, pero hoy ya teníamos cara de partido terminado. Quedaba mucho autobús, mucho que despedir, mucho que llorar de Norte a Sur y abrazarse hasta los tuétanos en el Viva Madrid. Habrá que repetirlo. Caruso no sonaba en mi despertador, supongo que en el de ninguno de todos estos tampoco.

3 Comentarios

  1. Pues qué desilusión…. me has dejado helado al decirme que no es Cieza….. lo de los canales y el agua me recordó a las inundaciones del 89……(se pasaron de vueltas en el trasvase Tajo-Segura y no veas la que se formó en la región de Murcia…. la venta de barcas neumáticas se disparó por encima de la cerveza…. im pre sionante, en tres palabras)….. a ver si acierto la próxima…… por la belleza del lugar y lo idílico del relato me imagino que fue un viaje en autobús a Benidorm y Torremolinos que hace 20 años lo petaban….. qué tiempos aquellos

  2. Es verdad, hoy he echado de menos a Caruso. Y se te olvida la degustación de quesos manchegos, algún que otro castillo, y la última ciudad de la que solo me acuerdo sus farolas porque más no vimos.
    Vaya tela, claro que han pasado veinte años. Lo he notado esta mañana al levantarme, me dolía todo.

    1. Y también vimos molinos, por cierto. ¿La última ciudad? Nada, solo me acuerdo del hotel, esa ducha orientada a la puerta del baño. Imagínense quién se llevó el primer remojón nada más entrar.

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