No confundamos con lo de Afganistán

Con el recrudecimiento de la guerra en Afganistán, el incremento de las tropas occidentales allí destacadas y –ya concretamente ayer- el combate directo que mantuvieron las tropas españolas con los talibanes, noto que se está gestando una especie de runrún, un ambientillo oportunista. Igual me equivoco, pero noto ciertas actitudes, ciertos comentarios en las tertulias, ciertas simplificaciones intencionadas de los hechos, como si se pretendiera construir la siguiente mentira: “Este Gobierno movilizó a la sociedad española contra la guerra de Irak y ahora está haciendo lo mismo en Afganistán, cuando una y otra guerra son lo mismo”.  Este discurso facilón sería muy atribuible, por ejemplo, a Izquierda Unida, pero lo llamativo es que no está viniendo solo de Izquierda Unida. Qué va, ni mucho menos. Y ojo, atentos a ello. Porque ya se sabe aquello de que una mentira repetida muchas veces  termina convirtiéndose en verdad. Si no se desmonta a tiempo. Y nada como la memoria de las cosas para dejar en evidencia a un mentiroso. Pero qué poco se recurre a esa memoria, qué fácilmente se olvidan las cosas. Y cuántos oportunistas, ventajistas y demás fauna desleal se aprovechan de ese vicio de no tener perspectiva más que para lo presente y lo urgente. Me da la sensación además de que algunos medios de comunicación, interesadamente o por pura incompetencia, están fomentando la tergiversación. No hay más que ver ciertas encuestas on line que circulan hoy y lo que se vierte en algunos medios digitales. Y es aquí donde habría que apelar a un ejercicio de responsabilidad. Habría que salir al paso–yo por mi parte aquí lo hago- para recordar lo siguiente: el envío de tropas españolas a Afganistán se realizó en octubre de 2001, bajo el Gobierno de José María Aznar, al comienzo de la “Operación Libertad Duradera”, que fue promovida por Estados Unidos con el apoyo de la ONU y la comunidad internacional, al entender que el régimen talibán estaba directa o indirectamente involucrado en el terrorismo internacional y, concretamente, en los atentados del 11-S, de los que no había transcurrido ni un mes. Prácticamente nadie en España –la oposición tampoco- cuestionó ni puso la menor objeción a una operación que mayoritariamente fue considerada necesaria y justa. Y tardó muy poco en dar sus primeros resultados, con el derrocamiento del régimen talibán. En marzo de 2003, Estados Unidos y el Reino Unido, unilateralmente y sin el respaldo ni de la ONU ni de la comunidad internacional, decidieron el ataque a Irak, justificándolo por la existencia en ese país de armas de destrucción masiva (una vez perpetrada la invasión, se comprobó que armas no había pero la destrucción masiva está ahí, sigue y avanza día a día). El Gobierno español apoyó esa operación y aprobó el envío de tropas, lo que provocó una reacción social de rechazo, capitalizada por el principal partido de la oposición. Cuando ese partido de la oposición llegó al poder en 2004, la primera decisión que tomó fue ordenar la retirada de las tropas españolas de Irak. Pero mantuvo el operativo en Afganistán. Allí la situación ha empeorado drásticamente en los últimos meses. Según los analistas, el desvío de recursos por parte de Estados Unidos con motivo de la invasión de Irak ha debilitado la posición de los ejércitos occidentales frente a los talibanes, que han vuelto a ganar terreno. Este año, Barack Obama ha apelado a los países aliados –entre ellos España- a incrementar su apoyo y su presencia militar, a lo que el Gobierno español ha accedido. Y ahora, como se esperaba, la guerra está cobrando todo su fragor y nos envía malas, pésimas noticias. Esos son los hechos y no otros. No nos gusta, no hace falta decirlo, ya sabemos que no nos gustan las guerras y mucho menos estar en ellas. Pero no es el momento para emplear la demagogia. Quien defendió una postura en 2001, tiene la responsabilidad de ser coherente y mantenerla ahora. Por favor, no confundamos con lo de Afganistán.

2 Comentarios

  1. Blanco y en botella. Gracias, Enrique, más clarito imposible. Las cosas son como son y aquí no hay grises que valgan, lo que pasa es que el rencor arraigado es una cosa muy malita, hace perder el norte, la objetividad y, por supuesto, hasta las formas.
    Oye, machote, cada día me gusta más tu blog, aunque es la primera vez que intervengo, lo sigo bastante a menudo, ¡me está enganchando! Me descubre facetas tuyas (como lo melómano que eres) que desconocía.
    Bueno, Enrique, ¿o tengo que decir Willy Fog?, porque no has parado en todo el verano, qué envidia, y yo en la playa con el cubito, la palita y dos conejos duracell pegados a mi las 24 horas. Un abrazo muy fuerte, campeón.

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