En fútbol hemos comprado hace tiempo el término MVP (most valuable player, pronunciado émvipi). Diríamos que es uno de esos que este deporte ha importado del baloncesto. Como ese otro, asistencia, por más que Luis Aragonés renegara de él, porque siempre fue, y tenía toda la razón, un pase. Para ser más precisos, un pase de gol, y no puede sonar mejor. También importó las estadísticas con las que nos abruman en las retransmisiones y de paso son fuente de negocio para las empresas de big data. Digamos que, en un partido de baloncesto, las estadísticas lo pueden llegar a explicar casi todo; pero en un partido del fútbol, la mayoría de las veces no explican casi nada.
En realidad, el MVP proviene del deporte estadounidense, y en concreto fue el beisbol el primero que lo instauró. Pero, al menos en España, lo conocimos por la NBA. Vimos dárselo a Larry Bird, a Magic Johnson, luego a Michael Jordan… En general, con la excepción del que también se da en el All-Star, distingue al mejor jugador de una temporada, entendiendo que ese jugador forma parte de un equipo y su contribución al éxito colectivo merece un reconocimiento. Para eso, en la Europa futbolística teníamos el Balón de Oro, que más o menos representaba lo mismo y hoy no estoy tan seguro de que lo represente. Pero como pasa con tantos usos y costumbres americanas, de Halloween al Black Friday pasando por los fingers, nos trajimos el MVP.
El caso es que Balón de Oro sigue habiendo uno al año, pero ahora tenemos MVP de la temporada, del mes y de cada partido, sea de Liga, Copa, Champions League… Nada más oírse el pitido final, se conoce el nombre del ganador, le dan un trofeíto y le hacen las fotos. De esto, en España, tenemos un antiguo y modesto precedente, cuando el diario AS dedicaba un recuadrito al que consideraba el mejor del partido que Real Madrid o Atlético de Madrid habían disputado esa jornada en casa. Se titulaba eLMejor porque lo patrocinaba la marca de cigarrillos L&M. Pero no iba a ningún sitio, era una simple mención que ahí quedaba y no desataba ni clamores ni polémicas. Ahora, es muy distinto.
Porque el deporte en general, pero el fútbol de manera muy especial, ha evolucionado en muchas cosas, y una de ellas es la exaltación del espectáculo, y como parte de él, el culto al ego. Las figuras siempre fueron figuras, pero hoy son el eje de grandes industrias alrededor. Y ellos mismos, aunque algunos no quieran, terminan sintiéndose y comportándose como dioses. Por eso, si antes uno aspiraba a ser el mejor a través de su contribución al éxito de su equipo, hoy hay deportistas de equipo -sobre todo futbolistas, pero también baloncestistas- que viven y juegan pendientes del premio individual, del récord, de su estadística… y saben que si el equipo no gana no habrá gloria para ellos, pero los hay que no pueden evitar mirar de reojo al compañero, no le vaya a estropear los números o escatimar los laureles.
No es culpa solo de ellos. Todo lo que se genera alrededor contribuye a esa egolatría. Sus propios clubs la fomentan porque sus jugadores son activos en los que invierten para obtener grandes rendimientos. Los medios de comunicación se prestan y son parte de ese juego, como los aficionados. Es una espiral en la que todos estamos inmersos y nos hemos metido a lo mejor sin darnos cuenta. Y ya no lo concebimos de otra manera. Para hacernos una idea, antes el Balón de Oro se lo daban al jugador unos señores que le abordaban en el vestuario diciendo ser de la revista France Football. Hoy se organiza una gala como la de los Oscar y todo el ambiente previo, el debate y las especulaciones se asemejan a los de unas elecciones generales. Hemos llegado a ver reacciones como la de un jugador que arrastra a un club entero a borrarse de la fiesta al filtrarse que no lo ha ganado cuando dos días antes le aseguraban que sí. Entre Feijóo y Vinicius, la verdad, es la única similitud que encuentro.
Como, además, hoy todo tiene que ser inmediato, ya no basta con un premio por la temporada o por la competición en cuestión. Hay que darlo en cada partido. A lo mejor, cuando los de fútbol se disputen en cuatro tiempos, que eso ya se viene, deciden dar el MVP de cada cuarto. Así se lo reparten entre más y todos contentos. Hasta podrían encontrar un patrocinador para cada uno, pues más negocio.
Y como lo que manda es el espectáculo, la pregunta ahora es: ¿se le da el MVP al mejor del partido… o al protagonista? Porque no siempre es lo mismo. A veces hay uno que juega y otro que acapara los focos. Y no siempre por su juego. A menudo, por cosas que no tienen nada que ver. Pero si además de tener a todo el mundo pendiente, hace dos buenas jugadas y termina marcando un gol, la mayoría de los comentaristas y también los seguidores determinarán que él ha sido el MVP. Acaparará los sanedrines radiofónicos y televisivos y las portadas del día siguiente. Entre otras cosas, porque, además, ese jugador suele ser la estrella. El futbolista más valioso, en todos los sentidos.
Otra cosa es a lo que se otorgue valor hoy. Me da por imaginar, en el fútbol de hoy, a un tal Franz Beckenbauer, uno de los más grandes futbolistas de la historia, que lo ganó todo, incluidos dos balones de oro. Pues me parece que hoy se iba a llevar más bien pocos MVPs. Del partido, me refiero. A lo mejor, más que él se llevaría Gerd Müller, que era el que metía los goles en aquel Bayern y en aquella Alemania. Por citar a alguien más reciente, hoy los madridistas añoramos a Toni Kross, valoramos lo que hacía en el campo y lamentamos lo imposible que está siendo sustituirle. Pues creo que, en los diez años que vistió de blanco, el bueno -buenísimo- de Kross fue MPV muy pocas veces. A veces, incluso, su impecable actuación no mereció ni cinco segundos ni una línea en las crónicas. Siempre otro fue más protagonista que él. Muchas veces, no mejor.
Y podríamos citar otros ejemplos de esta misma temporada. Por un lado, es normal que los Mbappé, Vinicius o Lamine Yamal, como antes Messi y Cristiano, se lleven la mayoría de los premios individuales, para eso son los mejores de su momento. Pero, cuando algún día sucede que no lo son sin haber estado mal, también suelen llevárselo. Simplemente, porque lo que hagan tiene más repercusión, y otro que no lleve su pedigrí -al que el narrador de turno no le esté jaleando cada cinco minutos ‘huy, lo que ha hecho…’-, tiene que hacer mucho, muchísimo más para que se lo reconozcan. Por ejemplo, actuaciones descomunales como la de Valverde en la ida contra el Manchester City. Por lo demás, a los dueños de las competiciones -la UEFA, la LFP…- les interesa que los ganadores de sus concursos sean sus más afamados concursantes, los que les ayudan a vender el producto.
Pero a mí, que ni doy ni patrocino MVPs ni soy dueño de nada, me seguirá gustando reconocer al mejor de una temporada, de una liga, de un mundial… y sí, del partido que haya visto. Pero lo haré según mi criterio, que es, simplemente, el que mejor jugó y su juego contribuyó más a la victoria de su equipo. Unas veces coincidiré con los jurados oficiales. Y otras, pareceré Boyero. Ya lo asumo…
(Foto: ColiN00B)