Se nos pide que recuperemos aquel ‘No a la guerra’ de 2003 y razones tenemos para gritarlo otra vez. Lo que pasa es que parece que aquella expresión se haya quedado corta en los tiempos que corren. Lo que vivimos hoy ya no es el episodio de una guerra caprichosa -porque al final nunca conocimos otro móvil- impulsada por un líder –George W. Bush– crecido por el apoyo internacional recibido tras el 11-S y unos pocos secuaces –Blair, Aznar…- que se creían ante la oportunidad de entrar en la historia por la puerta grande. De aquellos que defendieron y finalmente perpetraron la guerra de Irak, sólo uno no ha reconocido el error.
Esto es otra cosa. Aquí nadie va a reconocer errores. La sucesión de acontecimientos a la que asistimos, culminada -por ahora- con el ataque a Irán, tiene todas las trazas de responder a la instauración de un nuevo orden. El que se basa en el dominio y abuso del fuerte. El que establece que el mundo está hecho de ganadores y perdedores, pero ahora los primeros ya no han de llevarse la mejor parte, sino todo. El que determina que todos aquellos contrapesos e instrumentos garantistas generados por las sociedades y las instituciones no son más que estorbos. Que ya no hay complejos ni límites. El que tiene el poder, económico, militar o ambos, lo ejerce sin más y a discreción. No es un Leviatan, el símil utilizado por Thomas Hobbes para describir al estado autoritario que él consideraba necesario para mantener a los pueblos a raya. Este monstruo no entiende de más estado que su voluntad, caprichosa, caótica y arbitraria.
A eso es a lo que nos enfrentamos ahora y a lo que toca decir NO. Pero no es tan fácil. Este nuevo orden es muy seductor. Apela al instinto irracional que todos tenemos en mayor o menor medida, mínimo o superlativo, implícito o abiertamente expresado. Y siempre es más fácil estar al lado de los ganadores y además sentirse uno de ellos, aunque muchos, la mayoría, ni lo sean ni no lo vayan a ser nunca. ¿Quién y qué son, si los conociéramos uno por uno, los 74 millones de estadounidenses que votaron a Donald Trump? Por no hablar de los también muchos partidarios e incondicionales de otros ‘proto ganadores’ en otras latitudes del planeta. El caso es que muchos ciudadanos, y de países desarrollados, están viendo ahora la oportunidad de liberarse de lo que entendían que eran lastres que les impedían volar. Quizás les daba apuro manifestarlo entonces, y ahora sí pueden y bien alto. Por eso lo llaman libertad. Qué poco saben que esas supuestas ataduras -llamadas derechos, leyes, garantías…- son las que les han permitido mantenerse razonablemente sujetos a una altura prudencial. Sin ellas, los que subirán sin freno son esos a los que están aupando. Ellos sólo volarán hacia abajo.
Claro, ese nuevo orden también trata de imponerse en España. Lo vemos a diario, hasta en los pequeños detalles, pero concretamente en los hechos de estos días. Las guerras siempre nos parecieron atroces, pero ahora hay quien las aplaude efusivamente según quien las inicie y celebra los bombardeos como si fueran goles en un partido de fútbol. Entonces los sigue habiendo, incluido el Gobierno de esta nación, que han hecho constar la ilegalidad del ataque de Estados Unidos a Irán y el peligro de instaurar una guerra a gran escala en Oriente Medio; como hace dos meses se expresaron preocupados cuando el ejército de un país demostró que puede sustraer al presidente de otro país como quien extrae una muela, por sátrapa que fuera el elemento y molesta la carie. Entonces salió la batería política, mediática y viral, muy bien organizada y coordinada, a tildarlos de comunistas chavistas, ahora de ayatolás y enemigos de Occidente. Sostienen, entre otras razones simples, que entre las democracias y las dictaduras, entre la cristiandad y el islam, entre la ‘libertad’ y la represión, no caben equidistancias. Y se llenan la boca con que ellos están con unos y los demás están -y estamos- con los otros.
Pero, viviendo como vivimos en un país todavía civilizado, habría que procurar hablar con algo de inteligencia o al menos sentido común, y no para tontos. Entre un régimen opresor y fanático como el de Irán; un magnate sin escrúpulos que, como presidente de Estados Unidos, usa todo el poder adquirido para su negocio; y un asesino masivo como ha demostrado ser el primer ministro de Israel, es cierto que no podemos ser equidistantes. Lo que procuraremos -los que creemos todavía en la justicia y los estados de derecho- es mantenernos lo más distantes posible de todos ellos. Cuanto más lejos, mejor. Luego, bien está que digan que somos un país occidental y, como tal, nos corresponde estar de lado de los que defienden nuestros valores y nuestros modelos de sociedad. Sí, pero a quien en vez de representar esos valores y modelos los deja en tal mal lugar, hay que contestarle. Y no deberíamos quedarnos solos en esa respuesta, hablaría muy mal de ese nuestro venerado Occidente.
Si lo miramos, las relaciones internacionales suelen parecerse a menudo a una clase de ESO, o al menos, como eran antes en últimos años de EGB y primeros de BUP. Los niños son como los países, establecen sus relaciones, sus alianzas y rivalidades, y suele haber un matón al que los demás tienen miedo. Entonces, adoptan dos posturas: unos procuran no tener ningún roce ni asunto con él; otros se unen a él, le jalean y hacen la pelota y, envalentonados por ir al lado del fuerte, se dedican a hostigar a los primeros, principalmente a los que consideran más débiles. No me digan que en el mundo no es muchas veces así. Cuando uno de esos amenazados se harta y hace frente incluso al mismo matón, pueden sucederle dos cosas: que le desgracien sin remedio; o que se gane el respeto de los demás.
Aunque no sea lo más fácil, yo prefiero, desde luego, esa última postura. No sabemos cómo va a terminar esto, o cómo va a seguir, porque la ambición de este matón de nuestros tiempos es ilimitada. Y además, es tan locuaz y poco discreto que ya va avisando de lo que quiere hacer después. Pero, pase lo que pase, estaré orgulloso de pertenecer al país que con educación y claridad, dentro de las reglas diplomáticas, le planta cara. Aunque nos la partan bien. Por eso, muchos que pensamos así, claro que diremos ‘no a la guerra’ cuando haga falta. Pero, más fuerte esta vez, deberíamos decir ‘no al monstruo’.
(foto: freepsdgraphics)