22 de febrero

Un domingo soleado. Aunque algo de frío todavía debía correr. ‘Febrero, muy malo’, le oí decir una vez, a saber por qué. Por lo desapacible, por su brevedad, porque la gente no tiene dinero y no hay encargos… Algo anunciaba, se respiraba, que íbamos a empezar a ver luz en este país. Pero nada de lo que por el camino se habría de apagar. El miedo había hecho una parada no precisamente técnica ni rutinaria, un aviso de los serios, mejor cuanto más tardara en volver. En cambio, la nuestra fue una visita improvisada, pasábamos por allí. Ahí estaba, por primera vez levantado en bastante tiempo, pálido pero reconocible, frágil pero lúcido. Una sobremesa apacible que empezaba a tornarse aburrida, qué emisora más rara me habían puesto para oír los partidos. Ya había marcado Santillana cuando, de repente, la tarde y el mundo se vinieron encima. Unos gestos torcidos y unas prisas. Gritos y lamentos que en seguida se tornaron en llantos. Y el día había cambiado. No, la vida había cambiado y ya nada iba a ser igual. Ahí estaba yo en el cuarto, que era el estudio del pintor que acababa de cerrar para siempre. La radio ya convenientemente apagada, ausente del trajín sobrevenido, pero muy presente y consciente de lo que estaba pasando. Haciendo por no mirar al fondo, al lecho fatídico, pero inevitablemente mirando, durante años rechazaría ver esas escenas. Pero la imagen que más me sobrecogió fue la de mi padre llorando manantiales. Con esa, insospechable para mí a mis años, me acosté esa noche. La del día que había empezado a hacerme mayor.

Con los años, me ha dado por pensar que a lo mejor ese desenlace no fue tan repentino como todos entonces nos pensamos. Pero la realidad fue que, para los que estábamos allí y los que recibieron la noticia, la vida nos dio un vuelco en cuestión de minutos. Y eso, más allá del recuerdo de la persona, de mi abuelo, no se olvida. El caso es que aquel día de febrero marcó no ya ese tiempo y mi inminente adolescencia, sino todos los meses de febrero que habrían de venir. Aquel pacífico sol y la enquistada frialdad de esa tarde se me han hecho presentes, más pronto o más tarde según los plazos y derivas de cada invierno en cuestión, pero invariablemente. Es como si él mismo viniera a recordarme cómo es febrero, lo apacible que puede parecer, pero cómo en cualquier momento se puede rebelar. Cuando esos paisajes vuelven y me sorprenden en algún momento, salida o paseo en estas fechas, me acuerdo, miro al cielo y me quedo absorto en su profundidad. Es más, creo haber visto esos horizontes aparentemente serenos en alguno de los cuadros que él pintó y que hoy, supongo, permanecerán colgados en quién sabe qué salas o habitaciones de Madrid.

Fueron días extraños los que siguieron. El silencio en casa era incluso mayor. La Ofrenda a Venus, los bodegones, el retrato de mi madre, seguían ahí, si cabe más visibles, pero la conmoción era elocuente. Por supuesto, el lunes siguiente en el colegio no me enteré de nada, ni en clase ni en los recreos. Días tardé en atreverme a hablarle a mi padre, realmente fue él el que me habló, me sonrió, y tengo que decirlo, me alivió enormemente. Una cierta normalidad fue instalándose, luego entendería que es la ausencia que lentamente se asume. No creo que tardara más de dos fines de semana en volver a casa de los abuelos. La atmósfera se tocaba. La abuela sola, enlutada, suponía muy triste, pero sin escatimar una gota del cariño que regalaba a sus nietos. Su compañía iba a hacerse asidua en fines de semana y vacaciones de los siguientes años, y reconozco que hubo veces que me quejé, pero así somos de injustos y egoístas los críos que ya nos creemos el ombligo de nuestro universo. Ya me daría cuenta…

Era cuando pensábamos sólo en el presente. Cuando nos van poniendo en nuestro sitio, ya aparecen cosas que empiezan a pesar casi tanto como lo inmediato. Y cada vez lo harán más. Porque lo que empezó a crecer fue el recuerdo. En un principio, hecho básicamente de lo que me contaban. Después ya fui introduciendo elementos de lo poco, realmente, que yo guardaba: algunos gestos, las frases que me dio tiempo a procesar. Su porte sobrio, el sombrero, la pipa cuya impronta se prolongó en mi padre. Los chatos de vino, el cordero a la manera segoviana, algo de toros y de fútbol. Las bienvenidas asomado al balcón, las despedidas en su estudio, ese monedero que me llamaba la atención… Y claro, su obra, sus retratos y paisajes, su mirada plasmada en los lienzos, ya fija e indisociable del tiempo.

Luego es la vida la que va dando sentido, no a todo, pero sí a muchas cosas. El niño impresionable que había esquivado las visitas al hospital, los episodios escabrosos, y al final tuvo que presenciar en directo el trance más fatal, vivió siempre con eso. Pero lo que pudo haberse convertido en un trauma, terminó por servirle de aprendizaje. Según iba alejándose aquella tarde de febrero, pero volvían otros febreros, empezó a cobrar más sentido la memoria que el hecho vivido, el legado que la pérdida súbita, la vida que la muerte. Había sido aquel el primer aviso, o mejor dicho, la certeza, de que siempre llega un día. Pero también la primera lección, comprendida después de mucho tiempo, de que ese día, llegue prevenido o a pura traición, es el que al final que termina por pasar. Por mucho que golpee. Y lo que queda es lo vivido, lo evocado, lo querido. Eso es para siempre…

‘Febrero, muy malo’. Hoy, también domingo, hace 50 años de esa tarde. De los que estuvimos, soy uno de los que puede contarlo. Los cinco que entonces formaban la unidad familiar -padres e hijos, habían sido siete- ya han vuelto a reunirse, es verdad que hace bien poco. De hecho, pareciera que se apresuraron para llegar a tiempo y estar todos juntos hoy. Y tampoco debe ser casualidad que los nietos, queridos primos, nos hayamos reencontrado y encantados de volver a conocernos tanta vida después.

Por mi parte, siempre he vivido con la memoria de esa fecha y aquel suceso, más que imborrable, imposible de borrar. Pero lo grande, lo que me reconforta, es que, pasado este medio siglo, lo que más presente tengo no es el episodio en sí, sino la figura. No el día que se murió mi abuelo, sino a mi abuelo Lorenzo. Y su brillo es más nítido, más poderoso y más lleno de significado hoy que al día siguiente de aquel 22 de febrero.

Y sé que cada vez lo será más… Por febreros malos que tengan que venir.

Deja un comentario