Hablar para tontos

¿Nos parece que hoy hay muchos personajes públicos -por supuesto políticos, pero también empresarios, líderes de organizaciones y otros portavoces de la sociedad civil- que cuando hablan lo hacen para tontos? Esto puede pasar porque sus asesores de comunicación, y fundamentalmente los de comunicación política, llevan tiempo adiestrándoles en la simplificación de los mensajes, en que bajen sus elevados discursos a la tierra y digan cosas que resulten comprensibles para la gran mayoría de los ciudadanos. Eso está muy bien y es de agradecer esa apuesta por ser o parecer más cercanos, que se esfuercen por ser más inteligibles. Lo que pasa es que parece que hayamos bajado el listón tanto que, más que simplificar, estamos cayendo en la simpleza. Y lo peor es que lo estamos naturalizando, nos parece tan normal.

Por otro lado, esa táctica de allanar el lenguaje y quitarle aristas tiene otras vertientes: una, sintetizar al máximo; otra, impactar. Se trata de decirlo todo en frases sucintas y concretas para que entren en formatos pequeños, se reproduzcan fácilmente y se viralicen. Pero que suenen bien alto y usen trazo grueso para que se queden en la memoria. En definitiva, que sean de consumo rápido y las consuma mucha gente. Así, por ejemplo, asistimos a discursos y declaraciones políticas que parecen una concatenación de tuits, sin más hilo conductor que la sucesión de frases redondas, puede que algunas ingeniosas, pero la mayoría facilonas y burdas. Ahí ya va en el talento del orador y de los que les preparan sus intervenciones. Quien dice talento, también podría decir mente retorcida.

Y luego está lo que pasa por la cabeza de quien pronuncia esas declaraciones y esos discursos. Cierto que un desliz siempre se puede tener, o que, en el hervor de un mitin, quien más y quien menos se puede dejar traicionar por la subida de adrenalina. Pero hay a quien, realmente, no le da para más. Si uno recibe el castigo de asistir a un debate parlamentario, nacional, pero sobre todo autonómico, no puede llegar a otra conclusión. Y luego hay quien sabe perfectamente lo que está diciendo: básicamente, una barbaridad, porque es imposible que piense que lo que está diciendo es medianamente inteligente. Y lo hace muy conscientemente porque sabe el efecto que quiere generar en quienes le escuchan y, sobre todo, entre quienes le quieren escuchar. Entonces, ya no es tropezón ni precariedad intelectual, sino estrategia.

Tenemos así para crear un inmenso museo de tonterías, una exposición permanente que además podemos renovar casi a diario. No hace falta irse a las hemerotecas o rebuscar en internet. Con repasar la actualidad política de estos últimos días, basta. Por elegir tres temas, la regularización de inmigrantes recientemente anunciada, la no convalidación del decreto ómnibus que contenía la subida de las pensiones o la prohibición de acceso a redes sociales a los menores de 16 años. La colección de necedades que ha habido que oír y leer es para sonrojarse. Lo que pasa es que a sus autores no se les ha visto que se les alterase ni el gesto ni el color.

A propósito de estos asuntos, nos han dicho nuestros políticos que ‘se pretende conceder papeles a todos aquellos que lleven cinco minutos en España’; que lo que se quiere es ‘alterar el censo electoral’; que ‘el gobierno necesita ciudadanos pobres para vivir de la pancarta y la subvención’; que se trata de ‘acelerar la invasión’; que necesitamos ‘que haya reemplazo de fachas y racistas por gente trabajadora que sea china, negra o marrona’; ah, y que esto último es incitación al genocidio’; que ‘el Partido Popular les ha arrebatado a los pensionistas 50 euros que ya estaban cobrando’; ‘que el PP, mientras gobernó, ‘siempre revalorizó las pensiones conforme al IPC’; que ‘las redes sociales (todas) nos espían, roban nuestros datos y amplifican el odio y la desinformación’; que Pedro Sánchez es un ‘tecnomunista’ y ‘en las saunas de su suegro había menores a los que ahora dice defender’; que en España habría que crear ‘una red social pública gestionada democráticamente’… y muchos puntos suspensivos…….

Claro, estas frases ‘brillantes’ son de políticos españoles, perfectamente reconocibles. No hemos citado aquí a tertulianos y opinadores, que también los hay que se van de madre (‘prefiero redes sociales sin presidente que un presidente sin redes sociales’) y tampoco, en muchos casos, lo hacen por casualidad. También podríamos salirnos de la política y pasar a otras esferas. Aquí tenemos a un gran líder de la patronal que se atrevió a poner a Carlitos Alcaraz de ejemplo a los trabajadores españoles que piden la jornada laboral de 37 horas y media semanales. Y hablando de deportes, podríamos remitirnos a las ‘homilías’ que regalan los presidentes de los dos mayores clubs de fútbol españoles cuando conceden entrevistas o se dirigen a sus socios en las asambleas. Y no digamos fuera de España. Hoy tenemos en Estados Unidos al indiscutible rey mundial de la majadería, del que, sin duda, están tomando ejemplo muchos. En Europa, ya proliferan los embajadores de la memez local y global. En Sudamérica, hace mucho que campan por sus respetos.

Porque hay una clave en este asunto. Hablar para tontos sale rentable. En la difusión mediática que obtienen, en el ambiente que se palpa a diario, en el apoyo social que reciben y, finalmente, en las urnas. A Donald Trump -y ya digo nombres- le votaron 74 millones de estadounidenses y, visto este larguísimo primer año de su nuevo mandato, estamos seguros de que la gran mayoría estarían convencidos de votarle de nuevo si se pudiera volver a presentar (que ya veremos). En Madrid tenemos a una presidenta, Isabel Díaz Ayuso, que se despacha a razón de una sandez diaria y ya vemos lo fenomenal que le va, la adoran hasta en Vallecas y San Blas. A Pedro Sánchez, seguramente le entienden mejor y le ven más guapo cuando dice disparates que cuando no los dice. Y Santiago Abascal lo tiene clarísimo: cuanto más grueso, más gusta.

No de todos podemos decir lo mismo. Cada vez que Ione Belarra sale a dar la nota, que no son pocas, a su partido se le esfuman una media de diez votantes, de los que tres o cuatro se van directamente a la derecha (lo peor es que nadie se lo dice y ella sigue…). Y el pobre Núñez Feijóo vive sumido en la frustración porque, por mucho que se esfuerza en cultivar la estulticia verbal, siempre se ve superado por un lado y por el otro. En fin, que para hablar para tontos, también hay que valer.

Por no hablar de los segundos y terceros espadas. La lista de idioteces y de especialistas consumados en decirlas sería interminable, así como el balance de éxitos obtenidos con esta estrategia. Esto ya no es demagogia ni populismo. Es apelar a la ignorancia y fomentarla. Y es la comunicación que principalmente funciona hoy. Lo triste sería preguntarnos por qué…

(Foto: geralt)

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