Valga esta invocación religiosa, más que nada, porque hoy se celebra San Francisco de Sales, patrón de los periodistas. Pero la verdad es que a estos, hoy, no hay dios que los salve. Porque ni nosotros mismos nos hacemos salvar. Posiblemente seamos el gremio más tonto que existe. Mal pagados, mal tratados en sus empresas y encima mal considerados por la sociedad. Cierto que cada uno podrá y podremos contar nuestra circunstancia particular, pero es lo que se deduce, un año más, y cada vez de manera más palmaria, del Informe de la Profesión Periodística que anualmente publica la Asociación de la Prensa de Madrid (APM).
Cuando se publican encuestas sobre otros sectores y colectivos profesionales, por ejemplo, sobre la Sanidad, la gente puede cuestionar y criticar muchas cosas, pero casi nunca a los médicos. Se censura al sistema: al privado, quizás, por rapiña; al público, quizás, por precario y masificado (y porque lo están esquilmando). Pero, tanto en uno como en otro modelo, los profesionales sanitarios, no sólo los médicos, suelen librarse de la quema. En cambio, cuando la gente valora a los medios de comunicación, a los que señala directamente es a los periodistas. Y siempre hemos salido mal parados, pero ahora, además, salimos con la cara pintada.
Posiblemente, es porque la gente de la calle poco sabe de cómo funcionan los medios de comunicación y, claro, de en qué situación se encuentran hoy. Los periodistas especializados informan de sectores que conocen bien, y cuando lo hacen de Sanidad, te cuentan lo que pasa en los hospitales y en las consultas, las listas de espera, la falta de camas, los caos que se ocasionan en picos epidémicos, la derivación sistemática de pacientes de centros públicos a centros privados, los negocios de Quirón, las huelgas de médicos… Y lo mismo de otros ámbitos: de la judicatura y sus intrigas y conflictos, de los movimientos y estrategias de las compañías energéticas, de lo que se cuece en el vestuario de tal equipo de fútbol, y qué decir de la política y sus entresijos y alcantarillas. Estos días, y desgraciadamente, nos estamos empapando de los asuntos del sector ferroviario y hasta del funcionamiento de los trenes.
Pero de lo que pasa en nuestra profesión y en nuestras empresas, no contamos nada. Entre otras cosas, porque posiblemente a nadie le interesaría. Y aunque así fuera, que quién sabe, tampoco podríamos. Todo lo más, los medios dan buenas noticias de sí mismos -nombramientos, nuevos suplementos y programas, excelentes de datos de audiencia…- y malas noticias de la competencia: despidos, malos resultados, caída en picado en los audímetros… Pero de lo que se mueve en nuestros bastidores, nada de nada. Entonces, intentas contárselo, o más bien explicárselo en la barra de un bar a uno de esos que te pondrían de cero a tres en una encuesta, y te pone cara de pez. Si es buena gente y comprensiva, puede que invite a otra ronda.
Este informe de la APM sí cuenta algo. Posiblemente no todo, pero puede que suficiente. De cómo nos ven desde fuera y de cómo nos vemos nosotros mismos. Es llamativo que coincidamos bastante. Porque los propios periodistas nos damos cuenta de que algo no estamos haciendo bien o no funciona en nuestra profesión. Sin embargo, cuando nos preguntan cuál es el principal problema, si se mira la gráfica, no destacamos uno en concreto: los porcentajes de las respuestas se reparten entre muchas posibles causas, que van de la precariedad laboral a los cambios tecnológicos, pasando por la mala retribución, la falta de independencia, la polarización, la carga de trabajo, y un largo etcétera. A lo mejor es que todos esos problemas vienen de uno solo: un modelo de negocio que lleva años haciendo aguas y que, a la larga, está condenando a la profesión.
En esto no vamos a alargarnos mucho, porque ya hemos sido muy pesados otras veces. Pero resumamos (y los que sean del gremio pueden tranquilamente saltarse este párrafo) en que una empresa informativa privada tiene ánimo de lucro, y cuando ya no puede ser rentable haciendo lo que hacía antes, tiene que hacer otras cosas, y algunas puede que no sean muy compatibles con su labor esencial y fundacional, y ahí lo dejo. Y una empresa informativa pública no tiene ánimo de lucro, aunque sí unas pérdidas que la lastran, y la función de servicio público que debería cumplir es entendida demasiadas veces como servicio al poder que la sustenta y mantiene, por más que a nivel estatal se intenten a veces mecanismos que contrarresten esa dependencia y a nivel autonómico ni se intente. Por otro lado, el poder es asimismo cliente de las empresas informativas privadas a través de la publicidad institucional, y esa relación, que en el ámbito estatal está mal que bien regulada, en muchos ámbitos regionales y territoriales no lo está en absoluto.
¿Que me explique más claramente? Pues que hoy muchos medios, tanto privados como públicos, nacionales y locales, no tienen otra que arrastrarse -unos más, unos menos- ante los poderes políticos y económicos para siquiera malvivir. Y los periodistas no son más que los empleados de esas empresas. Y que conste que hablamos de empresas acreditadas, de lo que llanamente llamamos ‘medios serios’ y de prestigio, no de los chiringuitos de servidor web y bandera -lo que antes llamábamos mesa camilla-, a esos es posible que hasta les vaya mejor, porque costes no tendrán muchos y patrocinadores no les faltan.
Entonces, bien podríamos haber titulado este post ‘Periodista, tu patrón es otro’. Porque más allá del celestial que hoy celebramos, tenemos otros patrones terrenales, y a veces viven no en el cielo, pero sí mucho más arriba del director y del propio consejero delegado de la empresa mediática. Todo este andamiaje superior pesa como una losa sobre la profesión y los profesionales, y atañe tanto a la independencia como a las condiciones laborales y a la calidad del trabajo que pueden realizar. El memorable fotoperiodista Raúl Cancio decía el otro día, precisamente en la APM, que ‘No es normal que lleves un teléfono, hagas la foto, la crónica y encima grabes: ni haces bien la crónica, ni la foto’. Esta pura verdad, que parece que viene a explicar una faceta de nuestro trabajo, en realidad lo explica todo.
Ya que aludimos a la tecnología, podemos explicarnos por qué hay tantos periodistas que le tienen pánico. Porque en vez de una herramienta indispensable, que potencia y enriquece nuestro trabajo, a veces se convierte -o la convierten- en una servidumbre. Ya hemos vertido también líneas sobre el imperio de los buscadores, la dictadura del SEO, la cadena perpetua de estar continuamente monitorizando lo que se publica en las ediciones online. Pero ahora tenemos la inteligencia artificial. Esto es como todos los avances e inventos de la humanidad. De la domesticación del fuego a la energía nuclear, nos han dado grandes satisfacciones y grandes disgustos, según el uso que se ha hecho de ellos. Pues con la IA ocurre lo mismo, solo que con un potencial exponencialmente mayor a un lado y al otro. En el periodismo, sólo la que hoy conocemos, es una herramienta impagable si se usa convenientemente y se le aplica el rigor que exigiríamos para nosotros mismos. Ah, pero puede ser peor que la cocaína si nos dejamos caer -y si los patrones se dejan- en tentaciones que mejor ahora no confesar, muchas que nos podemos imaginar y otras que incluso no.
Volviendo al presente, a lo que tenemos ahora, los periodistas padecemos y reconocemos estos problemas, que en gran parte vienen de lo que hemos intentado explicar y al final derivan en el que más duele: la pérdida de credibilidad. Que un tertuliano o una opinión vertida por alguien, famoso o no, en una red social merezcan más confianza que lo que cuenta un periódico o una radio, produce muchísima tristeza. No es un problema sólo nuestro, no nos vamos a flagelar por todo, responde a lo que sucede en una sociedad crispada y enajenada, con gente predispuesta a consumir contenidos que les reafirmen en sus posiciones y creencias, sin molestarse en discernir su calidad, veracidad y honestidad. Nos achacan falta de rigor, y ellos no exigen ninguno cuando se trata de algo que dicen que ‘les representa’. Contra eso ahora no vamos a poder, pero tampoco nos debemos resignar.
El Gobierno y otras administraciones se han gastado una millonada en algo quizás similar a eso que algunos llevábamos tiempo reclamando, que desde los colegios se eduque a la ciudadanía en pensamiento crítico cuando se consume un bien como la información. Pero me da la sensación de que ni lo han sabido explicar ni han sabido en realidad cómo hacerlo. Además, no sé si son los gobiernos los más adecuados para promover estas iniciativas. Porque, tanto si lo hace este como el otro, aunque lo hicieran bien, va a recibir la correspondiente contestación y se les va a acusar de intervencionismo, cuando no de adoctrinamiento. En cuanto a nosotros, algo tendríamos que hacer y decir. Y ya que no estamos para muchos alardes, podríamos, quizás, tirar por algo sencillo.
‘La información bien hecha es cara, la opinión es gratis’. Esto se lo contaba hace poco Pepa Bueno a un grupo de altos directivos de grandes empresas. Pero podríamos afirmarlo cualquiera que conozcamos cómo funciona este negocio. Es más, deberíamos repetir el mantra por todas partes, por obvio que nos parezca, a ver si se nos entiende de una vez. Añadiríamos que también hoy son gratis las fotos, los vídeos, las redes sociales. Y las mentiras.
Esa podría ser nuestra campaña, el mensaje central de nuestro plan de comunicación. Para quien nos quiera escuchar, que desde luego no serán todos, pero de cero ya partimos. Si además el mensaje cala entre alguno de esos patrones, ya habremos ganado mucho. No el nuestro, con ese ya contamos. Porque si no…
Periodistas, feliz fiesta del Patrón. Y God save us…
(Foto: Mohamed_hassan)