Paul y John (¿un cuento de Navidad?)

Nada le gustaba más a Paul que oír música en la radio. Su madre era enfermera en la Salud Pública inglesa. Murió cuando él tenía 14 años. Su padre era músico de jazz, pero no de los que llenan salas y son aclamados en los grandes festivales. Se ganaba la vida tocando el piano y la trompeta en ferias, cabarets y antros diversos. Cuando enviudó, le regaló a su hijo una guitarra para que se distrajera y mitigara su tristeza. Obviamente, esa compra le supuso un importante esfuerzo. Era la segunda mitad de los 50 y Paul escuchaba con pasión lo que sonaba, Chuck Berry, Fats Domino, Little Richard, por supuesto Elvis… soñaba con un día cantar y tocar como ellos.

Dicen que en el colegio era aplicado y responsable. Lo que no podía estudiar era música, solfeo, canto… Su familia nunca tuvo dinero para pagarlo, y menos entonces. Lo que empezó a hacer Paul fue esforzarse por sacar las notas de las canciones que le gustaban. Se inventó sus propios simbolitos para identificarlas -ni idea de que se llamaran do, re, fa, sol…- y las hacía sonar con la guitarra. Como se pasaba horas y horas todos los días, poco a poco fue tocando los temas con razonable soltura. También intentaba imitar esas voces, a veces forzando sus cuerdas vocales. Y teniendo en cuenta que la mayoría de sus favoritos eran negros, incluso Elvis cantaba como un negro.

Habrían pasado dos años, y los veranos se organizaba en el barrio una fiesta. Era una de las pocas novedades que alegraban la vida en aquella anodina periferia. Alrededor de la iglesia, a modo de lo que para nosotros sería una romería, se juntaba la gente, había atracciones, y claro, bebían mucho. Ese año venía un grupo musical del mismo centro de la ciudad, lo cual ya era una gran noticia. Paul fue a verlos y se quedó encantado. El que claramente parecía el líder era un tipo con un desparpajo y una personalidad fuera de lo común. Luego sabría que se llamaba John. Cantaban también éxitos de esos tiempos, y le llamó la atención que algunas canciones no se las sabían bien. Pero daba igual, John suplía cualquier carencia con su carisma y su don para meterse al público en el bolsillo.

Terminado el concierto, alguien, dicen algunas fuentes que completamente borracho, se los presentó. Esos chicos tendrían entre 18 y 20 años y Paul, 16. Les dijo que a él también le gustaba la música y tocaba, y parece que les hizo gracia, pero tampoco debieron tomarle muy en serio. Dos o tres años de diferencia a esas edades se notan bastante. Entonces, uno de ellos le dejó una guitarra y Paul les dedicó, posiblemente, su primera actuación. La eximia audiencia se quedó pasmada. Ese niño con cara de bueno y modosito tocó dos temas -no ha trascendido cuáles- y literalmente los clavó. Se los sabía de pe a pa, no se dejaba una nota, calcaba el ritmo y los sabía cantar como los ángeles, claro está, negros.

Le invitaron a tomar algo. Teniendo en cuenta que habrían de mentir, porque en los pubs de aquella Inglaterra estaba prohibida la entrada a menores de 18. Hablaron, se contaron, se cayeron bien. Muchos años después, John diría que, en cuanto miró a los ojos a Paul, supo que se iban a llevar bien. Medio en broma medio en serio, le sugirieron unirse a la banda. La cosa quedó ahí, se despidieron, quedaron en volver a verse. A saber cuándo esos muchachos de la populosa urbe volverían a visitar aquel deprimido barrio.

Un tiempo indefinido después, que no pudo ser mucho, pero seguro que se hizo largo, John estaba en su casa del centro de Liverpool -ah, ¿no habíamos dicho el nombre de la ciudad? Planeaba montar otro grupo -ya se sabe que, a esas edades, las formaciones no suelen ser estables y realmente no todo el mundo tiene la misma vocación. Entonces, se acordó de Paul. Pensó: era tan bueno que, si le llamaba y venía, él ya no iba a ser el único líder y protagonista del proyecto. Y siguió pensando: sí, pero juntos podrían llegar más lejos. Amplitud de miras, podría ser la moraleja de esta historia.

Así fue cómo Paul McCartney y John Lennon se conocieron y cómo empezaron a gestarse The Beatles. Parece un cuento de Navidad. Pero, realmente, sucedió.

(Nota: las imágenes de este post han sido creadas con inteligencia artificial. Obviamente, nunca podrían superar la realidad)

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