Dicen que a los chicos y chicas que han ido llegando a la edad de votar no se les ha explicado bien la historia reciente de España. Y que por eso se están decantando por opciones políticas -básicamente, la ultraderecha– que habíamos considerado desfasadas y superadas. Yo no sé si es la educación el motivo, porque no he estado en esos colegios ni en esas casas. Pero lo cierto, constatable, es que el fascismo y las ideas preconstitucionales no son hoy ecos lejanos de hace 50 años, sino que están en auge y hasta están de moda entre mucha gente joven.
Sí, habría que ver qué Historia contemporánea de este país se ha enseñado en estos últimos 20 o 30 años. Yo puedo decir que a mí, en los años en los que estudié, en pleno comienzo de la transición y en un colegio laico pero para nada progresista, me la explicaron muy bien, asépticamente, con hechos y sin juicios de valor. De la Guerra de la Independencia a la Guerra Civil, ambas incluidas, los reinados de Fernando VII, de Isabel II, de Alfonso XII y XIII, la primera y la segunda república… Y tengo un esquema bastante claro de lo que pasó en ese siglo y medio y por qué pasó. Porque nada sucede por generación espontánea.
También del franquismo, aunque ya no entraba en el temario, he tenido oportunidad de leer mucho y de hacerme una idea bastante objetiva. Aparte de haber vivido sus últimos años, tanto por mí mismo como a través de mis familiares, que, por cierto, no pensaban todos igual. Y por supuesto, de todo este buen trozo de la historia de España habré escuchado y leído toda clase de opiniones e interpretaciones, en un sentido o en otro, y yo también he sacado mis conclusiones y formulado mis juicios de valor… Pero yo no tengo ni idea de lo que han aprendido los que hoy tienen entre 18 y 30 años.
Entre otras cosas, no sé si a estos ciudadanos con estrenado derecho a voto les han hablado, por ejemplo, sobre el salario que ganaba un español medio en esos años. A lo mejor, pensarían de otra forma. O de lo que podían comprar en las tiendas, en los supermercados, los espectáculos y la oferta cultural de la que podían disfrutar… Tampoco tengo claro el concepto que tienen de dictadura, porque no sé si han caído en que todo lo que hoy oyen, leen y luego dicen, publican y proclaman, no lo podrían hacer. Y mucho menos el concepto de ‘dictadura comunista’, porque eso sí que no lo ha vivido nadie en este país. Aunque la sensación que tengo es que no debe haber mucha diferencia entre esa y la fascista, a los hechos y a la historia bien contada me remito.
Sí, es muy posible que la educación influya. Pero, por tal, creo que habría que entender no sólo la que se imparte en los colegios o la que se inculca en el entorno familiar. Hay otros agentes que educan a las sociedades. Entre ellos, los medios de comunicación, que ya se sabe que cumplen, o deberían, la función de informar, formar y entretener. Habría que ver si también estos se han despistado a la hora de explicar y, sobre todo, poner en contexto las cosas que nos han ido pasando en España y en el mundo. Cabría disculparlos, o quizás entenderlos, por su propia dinámica. Si hoy la volatilidad, la inmediatez, la superposición de acontecimientos nos hacen perder la perspectiva y no recordar lo que pasó anteayer para establecer las debidas relaciones con lo que pasa en el minuto actual, cómo no perderla respecto a lo que pasó hace cincuenta años.
Otra cosa es que también tengamos en este país medios y pseudo medios que cuando olvidan o recuerdan, no lo hacen por accidente. Que tienen bien claro el propósito y la atmósfera que pretenden crear. Y aunque puede que en algunos casos no compartan en última instancia las posibles consecuencias que podrían derivarse del monstruo que su línea editorial está alimentando, no reparan más que en el beneficio inmediato, pongamos económico, que les procura esa manera particular de informar. Que, desde luego, no tiene nada que ver con formar.
Y una reflexión más sobre lo que pasa en los medios de comunicación: hablamos de españoles que no vivieron la dictadura ni la transición, pero no olvidemos que tampoco las vivieron muchos periodistas hoy en activo. Como muchos otros profesionales, claro, solo que estos son los que se ocupan de contar las cosas, explicarlas y ponerlas en contexto. Sí, es posible que en ese lapsus de perspectiva hayamos incurrido muchos, de una manera o de otra, unos sin la menor intención… otros con toda.
Pero también cabe pensar que no sea sólo la educación. Porque ya sabemos que esta tendencia no se da solamente en España, la estamos viendo en muchos otros países occidentales y en cada uno se manifiesta de acuerdo a su propia historia, cultura y folklore. Y no tenemos datos, pero tampoco por qué pensar que en Alemania, en Italia, Estados Unidos, Francia, Holanda… esté sucediendo también, como decimos en España, porque no se haya sabido contar la historia, la suya nacional, a los niños que ya no lo son.
Podríamos preguntarnos, asimismo, si estos jóvenes que están virando a la ultraderecha, como los que dicen en las encuestas mirar con buenos ojos a los regímenes autoritarios, son en gran parte la generación hija de la recesión. Me refiero a los descendientes de todos esos ciudadanos que entre 2008 y 2015 se vieron descabalgados de la clase media en la que vivían bien instalados. Unos tres millones en España, según estimó la Fundación BBVA en 2016, y se puede suponer que en otros países la proporción habrá sido similar. Grandes sectores de la población joven que habrán crecido en la precariedad, en la merma de oportunidades y en la desconfianza total hacia un sistema que sus padres les han dicho que les falló. Y que perciben, y a veces parece que con razón, que a ellos también.
Es evidente que, en ese ambiente, la propaganda encuentra un caldo de cultivo ideal. Sabemos que siempre existió y también que hoy encuentra canales para ser más inmediata, más agresiva y mucho más porosa. Pero lo principal que necesita la propaganda para triunfar es gente dispuesta a creérsela y comprarla. Y hoy la tiene a mansalva. Cuando alguien está desesperado porque no ve más que desierto a su alrededor, posiblemente preferirá creer al que le dice que le va a poner un oasis justo delante que al que le sugiere que, si camina otros 40 km más, a lo mejor, lo encontrará.
Porque podemos echar la culpa a la educación, a la propaganda y a los que se aprovechan de la frustración de esa gente. Pero también podrían mirárselo, o mirárnoslo, los demás. Pensar qué no se está entendiendo bien, quizás, porque no estamos sabiendo contarlo bien. Es evidente que el espectáculo que vemos a diario en los medios de información política y, en directo, en los parlamentos, tanto el nacional como los autonómicos, ayuda muy poco. Pero también es cierto que los políticos de la ultraderecha forman parte de ese teatro y, sin embargo, a ellos les va muy bien. Muchos seguimos prefiriendo los discursos conciliadores, los que apelan a la convivencia, al respeto, a construir más que a bloquear y separar, y por eso nos deprime tanto lo que escuchamos habitualmente. Pero, por lo que sea, ese mensaje que a nosotros nos parece cívico y civilizado, ha dejado de conectar con ese público, y en cambio, el que cala en ellos es el pendenciero y bravucón. Quizás porque se han cansado de las buenas maneras cuando lo que ven es que, a su alrededor, todo sigue igual.
Me dirán que me olvido de los pijos, que esos nunca tuvieron ningún problema y siguen sin tenerlo. Vale, pero esos siempre han estado ahí, no creo que hoy sean más. Y piensan como siempre han pensado, con mayor o menor complejo y, faltaría más, con todo su derecho. El problema no es ese. Es que, si hoy tenemos en España y en el mundo una gran población de jóvenes de clase media y baja que creen que podrán comprarse una casa, tener trabajo y mejores sueldos, sanidad y educación de calidad, más oportunidades de ocio y disfrute, más libertad en general… si gobiernan partidos de ultraderecha, algo estamos contando muy mal los demás. O haciéndolo muy mal.
Lo último que estoy oyendo es que, con la que está cayendo y los últimos episodios que se han conocido en partidos políticos o en los sistemas de prevención de violencia machista, la intención del voto femenino en España se está moviendo a Vox. Lo estamos haciendo fatal…
Y sí, la educación tendrá lo suyo que ver. Pero no nos quedemos ahí…