Fue José María García quien acuñó aquello de “somos notarios de la actualidad”. Otra cosa es si la frase era retórica, si él lo fue siempre o a veces, si lo decía porque así mitigaba la frustración de no haber sido lo que dicen que realmente quiso ser. El caso es que aquel símil era bastante acertado. La función básica del periodista es dar fe de lo que sucede y contarlo.
Luego están los notorios. Estos días, uno de esta profesión que desde hace años ejerce de político, ha asegurado ante un tribunal que, como él no es notario sino periodista, no tiene por qué dar pruebas de lo que cuenta. Que no necesita compulsa. Vamos, que se puede inventar lo que le convenga. Entonces, aparte de demostrar ante el juez ser un farsante, confunde, porque mucha gente que lo escucha y que además nunca ha terminado de tener claro lo que es el periodismo, se piensa eso. Que es fabricar historietas y difundirlas. Y así nos va.
El periodismo es, mucho antes que ese otro, el oficio más antiguo del mundo. Consiste en que alguien ve, descubre o sabe algo y se lo cuenta a otro. Y ese algo tiene compulsa, aunque no sea literal. Hay que demostrar que existe y es cierto. Eso, a veces, sólo lo sabe el que lo cuenta, pero ahí es donde pone en juego su credibilidad. Si un día se descubre que ha mentido o se ha inventado un suceso, se terminó su oficio. Ya no le creerán por más que cuente cien verdades. Así, al menos, debería ser.
La materia prima del periodismo no es otra que la información. Y esta se fundamenta en hechos contrastados, si no, no es tal. Incluso cuando opina, el periodista lo hace a partir de informaciones fiables de las que él saca una conclusión como otro podrá extraer otra. Son hechos que existen, son demostrables y cada uno los podrá interpretar y explicar a su manera. Pero si una opinión se basa en mentiras, ya no es opinión, sino más mentira.
Claro, este oficio no siempre es tan sencillo como ver llover y decir que llueve. La realidad a veces es compleja, y no siempre resulta fácil acertar a contar exactamente lo que pasa. Precisamente, el valor del periodista reside en saber descifrar esa realidad y convertirla en una noticia verídica y contable. Y lo que no tiene claro que lo sea, no lo cuenta. A lo mejor no lo tira, lo guarda, lo deja en cuarentena hasta que un día pueda demostrarlo y hacerlo público. Es lo que en la facultad nos enseñaron que se llama background, vamos a decir el armario, el disco duro o como prefieran. Cuanto más almacene ahí dentro, mejor periodista va a ser. Y al final, es posible que no llegue a contar ni el cinco por ciento de lo que tiene en la recámara.
Pero sean de la índole que sean, los hechos que se cuentan siempre deben tener una prueba de veracidad, lo que para el notario, o para determinadas autoridades, es una compulsa. En el caso del periodista, la principal herramienta de conocimiento es la fuente. Que puede tener innumerables naturalezas, empezando por lo que ve y oye en directo, pasando por una llamada telefónica, un correo electrónico, hasta algo que le soplaron al oído detrás de una puerta o un papel que le entregaron en un garaje, y es cierto que esas fuentes, a veces, solicitan ser secretas y el periodista se compromete a no revelarlas.
Sea como sea la fuente, venga de donde venga y como venga, lo que tiene que saber discernir el periodista es su relevancia y, muy importante, su solvencia en términos de credibilidad. De lo fiable que sea el material que recibe dependerá la calidad de su información, la fidelidad de lo que cuente. Y se puede equivocar. Creer que la fuente era buena y resultó un fiasco. A veces hay fuentes adulteradas que le pueden jugar una mala pasada, que pretenden llevarle por una pista equivocada o directamente engañarle. Ese el riesgo de su trabajo. Lo que no puede nunca es contar algo que sabe que no es verdad o que no va a poder demostrar.
Lo que ha hecho este notorio jefe de gabinete, que fue y se sigue diciendo periodista, es precisamente desmentir el oficio. O quizás es que él lo ejerció así. Alegar que por serlo no se debe rendir cuentas de lo que se dice y se escribe, es tener un muy bajo concepto de esta profesión. Que, por desgracia, mucha gente comparte. Porque es muy posible que eso que ha dicho ante un juez a muchos les haya parecido tan normal. Hasta al juez.
Sí, ya sé que casi todo lo que he contado aquí es muy básico. La pena es que lo tengamos que repetir.
(Foto: Sammy-Sander)