El que paga la fiesta siempre va a la fiesta, faltaría más. ¿Quién puede negarle la entrada? Podrá ser antipático, feo, prepotente o un perfecto impresentable… Pero que nadie le tosa, porque gracias a él la gente se divierte y se desmadra, se va contenta y deseando repetir.
No se concibe que el que pone la pasta no pinche ni corte. Los demás podemos decidir si vamos o no a la fiesta, porque no nos guste, nos caiga mal el interfecto o no nos fiemos de él. Lo que pasa es que al final vamos. Pesa más lo bien que nos lo pasamos que tener en un momento dado que aguantar sus gracias sin gracia, sus afrentas o sus fanfarronerías.
Hoy tenemos en nuestra vida muchas fiestas que no nos queremos perder por nada del mundo. Lo cierto es que no siempre sabemos bien quién las paga, a veces preferimos no saber. Y entonces nos quejamos de que a esas fiestas va siempre, y nunca falla, ese invitado que pensamos que no pinta nada ahí. Es más, cada vez somos más los convencidos de que habría que echarle por el mal rollo que da encontrárselo en esos saraos. Pero entonces vienen y nos dicen que con ese no hay nada que hacer. Porque es el que paga.
La Champions League, la Euroliga de baloncesto, la Vuelta a España y el Tour de Francia, los grandes conciertos, los macro festivales, súper producciones cinematográficas, museos… son fiestas de las que disfrutamos quien más y quien menos. Yendo más allá: grandes proyectos y emporios empresariales que generan riqueza y empleo, que producen bienes, servicios o infraestructuras de los que nos beneficiamos. Son otro tipo de fiestas, menos coloridas si se quiere, pero de las que tampoco renegamos por la cuenta que nos traen.
Y resulta que pedimos echar al que paga todas estas fiestas. Por ahí no vamos bien. Por muy antipático, soez, déspota o asesino que sepamos que sea, no se va a mover de ahí ni lo van a mover. Otra cosa es que tomemos la decisión libre de dejar de ir a esas fiestas, apartarlas de nuestra vida. No nos engañemos, no lo vamos a hacer. Que intentemos pagárnoslas nosotros o, más factible, buscar a otro que las pague y poder decirle al chulo que se meta su dinero por donde le quepa. ¿Y quién lo hace? Puede que algunos se lo piensen, pero entonces una fiesta mira a la otra, ésta a la de al lado… y a ver quién tiene h… para dar el primer paso. ‘Si yo tengo un pagador seguro, que sea otro que se busque la vida’, piensa cada uno.
Nos guste o no, repartidos por el mundo y por todas sus fiestas tenemos a un sinfín de buenos pagadores que, con más o menos discreción, son amigos, incondicionales o protectores de un gobierno (remarco: no digo Estado ni pueblo ni cultura, digo gobierno) como el de Israel, que está perpetrando los asesinatos masivos, organizados y sistemáticos que todo el mundo conoce. Y nos guste o no, nadie quiere renunciar a su dinero. Ni nosotros a las fiestas que ellos pagan.
Para dar un poco de contexto, Israel es un país asiático que en muchos aspectos resulta asimilado como un país europeo. Esto es por sus relaciones controvertidas con sus países vecinos y porque tampoco pueden negarse sus vínculos históricos y culturales con el Viejo Continente. A quien le sorprenda ahora, que sepa que el A-Ba-Ni-Bi ganó Eurovisión en 1978 o el Maccabi de Tel Aviv lleva décadas siendo uno de los referentes del baloncesto europeo. Desde su fundación como estado, su historia siempre ha sido conflictiva, pero a raíz de los atentados de Hamas de octubre de 2023 y la contundente respuesta israelí en Gaza, que persiste con toda su crudeza dos años después, desde diferentes foros y ámbitos se viene pidiendo que se margine a este país de los eventos culturales y deportivos como se ha hecho con Rusia a raíz de la invasión de Ucrania. Pero, en este caso, hay una diferencia de matiz. La misma por la que Europa no dudó en imponer sanciones a Rusia, pero ahora que se trata de Israel, llevan dos años sus dirigentes mirándose, pensándoselo y sin hacer nada.
Así que, sigamos pidiendo que Israel no compita, no participe o no figure en todos esos eventos. Escuchemos las broncas huecas que les echan los que mientras van contando los buenos dólares y euros que se embolsan. Y aguantemos además que nos llamen antisemitas, radicales, extremistas y otras lindezas por denunciar lo que ese gobierno está haciendo a la gente de Palestina. Aquí el que paga, manda. Y va a todas las fiestas.
(Foto: Lucía Feijoo Viera, La Opinión A Coruña)