Rafa Nadal, simplemente

Ni vamos a ser originales ni lo pretendemos. Lo primero y necesario es, antes de nada, dar las gracias. A todo el que te inspira, te emociona y de alguna manera te regala algo en la vida, hay que dárselas sin reparos. Y a Rafa Nadal, sin duda y muchas veces. Estos días, en España y desde todo el mundo, se las están dando por su carrera y por lo que ha dado. Y yo no puedo ser menos. Sin originalidades.

Simplemente, hablemos de tenis. Björn Borg lo cambió y lo hizo universal. Roger Federer lo elevó a obra de arte. Y Rafa Nadal, a epopeya. Que estos dos últimos hayan podido coincidir en las pistas durante 15 años, aun siendo uno un lustro mayor que el otro, además de una proeza, ha sido un regalo impagable para todos los que seguimos este deporte desde niños. Que me perdonen sus fans, pero ambos están por encima -por poco- de Novak Djokovic, cuya grandeza tampoco vamos a discutir ni su papel protagonista en una de las mejores escenas tenísticas de la historia. Que me perdonen también los números. Tiene el serbio más grand slams que nadie y los tendrá por mucho tiempo, pero no olvidemos que los siete últimos los ha ganado en esta década, cuando el suizo ya no estaba y el mallorquín ya apenas aparecía en fogonazos ocasionales. Y no había otros, por más que citemos nombres de tenistas muy buenos que no llegaron a la categoría de campeones. Alcaraz y Sinner, sí; pero todavía estaban llegando. Y que me perdone la objetividad. Uno no elige lo que le emociona. A mí, Rafa y Roger, cada uno a su manera y estilo, me han hinchado los ojos.

Y no es sólo ahora cuando hay que darle las gracias a Rafa. Yo llevo dándoselas 20 años, desde aquella tarde de 2004, final de la Copa Davis, cuando un chinorri apareció por sorpresa para desarticular al número 1 de Estados Unidos, un tal Andy Roddick que por entonces campaba en el top 3 mundial. Y me dio por decir que este prometedor tenista español -veníamos de varios muy buenos- parecía de Operación Triunfo, que por entonces estaba en todo lo alto de popularidad. Con sus bermudas, los tirantes, la melena, esa cara redondita y la nariz respingona… Ya ven si me quedé corto. Lo pienso ahora y hasta me da rubor. Quién me iba a decir entonces lo que íbamos a decir y decimos hoy de él.

Y le he dado las gracias casi todos los años, una vez o varias. Claro, cuando conquistó Wimbledon, el tercero que ganábamos en este país después de Manolo Santana y Conchita Martínez. Aunque tengo que decir que sus duelos con Federer siempre los viví no con el corazón dividido, sino con dos corazones y feliz. Aquella final de 2008 puede haber sido el mejor partido que he visto en mi vida, junto con el Borg-McEnroe de 1980 en esa misma pista.

En cambio, cuando ganó su primer Roland Garros en 2005 nos pareció casi normal, porque por entonces París se nos daba bien y habíamos tenido varios campeones en los últimos años –Moyá, Costa, Ferrero… Cuando iba por el cuarto, nos parecía histórico; con el décimo, ya no teníamos adjetivos… hasta los 14 que ha levantado en París. De tomarle los parisinos una indisimulada tirria pasaron a adorarlo y hasta a darle un papel estelar en la ceremonia inaugural de sus Juegos Olímpicos.

Y le hemos dado las gracias cuando siempre volvía. De partidos que parecían imposibles e irremediables, en los que si dabas algo por él era por la única y exclusiva razón de que era Rafa y hazañas así sólo las podía hacer él. Pero, además, fue capaz de volver de épocas duras, algunas largas y de las que, hombres de poca fe, creíamos que ya no iba a poder regresar siendo el mismo. ¿Se acuerdan de aquella serie, MacGyver, y de los chistes que hacíamos del personaje? Pues Nadal ha sido algo así. Salía de todas. Hace no mucho, un entrevistador ilustre -pero se ve que no muy informado- le preguntó si alguna vez había jugado con dolor. Rafa le dijo que no recordaba la última vez que había jugado sin él.

Y gracias también porque, antes de él, por televisión veíamos básicamente los grand slam, la Copa Davis y los torneos que se juegan en España. Ahora echan Indian Wells, Miami, Roma, Cincinatti, Shanghai… todos. Hasta las exhibiciones. Eso se lo debemos también a él.

Y volviendo a hablar de puro tenis. Ojo, que estos días exaltamos su épica, su calidad humana, su coraje y afán de superación… y parece que como hombre que empuña una raqueta, no hubiera sido tan extraordinario. Claro, tiene que haberlo sido con todo lo que ha ganado y a quienes ha ganado. Es cierto que no tenía la sublime clase de Federer y algunos otros -pocos- de la historia y de su presente, pero bueno ha sido para dar y tomar. Sus liftados han podido ser los mejores que se han visto, junto a los de Borg. Sus passings, inimitables y de toda la gama, que le pregunten al pobre Roddick y a otros predadores de la red. Su drive -que en su caso me cuesta llamar ‘derecha’-, de los más letales y, además, fiables. En los últimos años, su intuición y colocación. Su resto, quizás sólo superado por el de Djokovic y quizás Borg. ¿Hablamos de clase? Un tweener (pegarla de espaldas entre las piernas) es un golpe muy difícil que se ve de cuando en cuando, pero recurrir a ello para ejecutar un globo perfecto, eso sólo lo he visto una vez. A él. Fue en Madrid, hace mucho y todavía no me explico cómo la pudo levantar y ponerla donde la puso. Y sí, esto podemos decirlo sin pestañear: en tierra, Nadal ha sido el mejor de todos los tiempos.

Y luego, ya sabemos, están su competitividad, su capacidad de sufrimiento, su carisma. Pocos tenistas han sido tan queridos en todas las pistas del mundo que pisaba, incluida final y apoteósicamente la de París. Su evolución: cuando ya no era capaz de llegar a todas las bolas y desesperar al mismísimo Roger, procuró y consiguió que sus rivales corrieran más que él… excepto Roger, claro. Y lo que imponía. El que salía a esa Philippe Chatrier y le veía enfrente, se sentía pequeño. Y si se trataba de la final, perdido de antemano. Pregúntenselo a Thiem, a Wawrinka, a Ruud… A Novak le arrancó dos copas de los mosqueteros estando peor que él. A la tercera, en un París otoñal, bajo techo y sin público, le propinó una paliza soberana. A Roger le levantó un 1-5 y bola de primer set para terminar abrochándolo 7-5.

Cuando hablamos del Nadal ganador y campeón, del mejor deportista que ha dado nuestro país, no lo es sólo por sus 22 grandes y todos los masters 1000 y 500 que ha levantado, que ya de por sí son poderosas razones. Pero lo es por muchas más cosas. Sería interminable relatarlas, pero dejaré sólo dos apuntes: cuando ganó Roland Garros y Wimbledon en 2008, se convirtió en el primero, desde Borg, en ganar el mismo año los dos, la tierra y la hierba, el polo sur y norte del tenis. Es más, desde 1980, la lista de ganadores de ambos torneos sólo coincidía en un nombre, Andre Agassi, con años de diferencia entre uno y otro. Al curso siguiente haría lo mismo Federer, después lo haría Djokovic y este año, Alcaraz. Pero Rafa fue el primero en mucho tiempo. Y el otro apunte: lo que hizo en la primera mitad de 2022 es gigantesco. Cuando un día de enero se montó en el avión para viajar a Australia, él mismo se preguntaba qué hacía ahí. Venía de lesionarse en agosto y media temporada sin jugar, una vez allí, fue avanzando a duras penas, llegó a la final, la iba a perder… y tres horas después abrazaba su 21 grand slam. Siguió la temporada encadenando lesiones en Indian Wells, en Roma, llegó a Roland Garros a la pata coja, en cuartos se encontró con un Djokovic en sesión nocturna dispuesto a despacharle… y tres días después levantaba la decimocuarta en París que dejaba en 22 su marca de grandes. No paró ahí: con una rotura en el abdominal avanzó en cinco sets agónicos frente a Taylor Fritz a la semifinal de Wimbledon, que ya no pudo disputar. No teníamos entonces la perspectiva, pero estábamos ante el canto del cisne. ¿Su último vals? Tratándose de él, diríamos su último rock. Como ni él ni nadie somos personajes de película o de serie de televisión, llegó esa, o llegaron varias, de las que ya no pudo salir. Y mira que lo intentó. Le ha costado mucho rendirse, pero ahora que lo ha hecho, habrá que decir que eso también le ha hecho grande.

Y la grandeza de Nadal es también la persona. Más que nada, su sencillez. No se trata de elevarlo a la categoría de santo, porque no lo es y nadie lo somos. Ya se sabe que cuando se cae en la tentación del peloteo reverencial, y en este país caemos bastante, se crean mitos que luego se desmontan a la mínima, y entonces viene la reacción contraria. Simplemente, Rafa ha sido una persona normal y con los pies siempre en el suelo, a lo que sin duda ha contribuido su familia. Igual que ha tenido entereza y voluntad para superar momentos difíciles, ha mantenido la coherencia y el sentido común en sus muchos y enormes momentos de éxito. Nunca se ha sobrado ni se ha regalado autoelogios que no necesitaba. Y eso, sólo eso, es muy difícil cuando se llega hasta donde ha llegado a él.

Por todo esto, y por mucho más que no cabe y daría para libros enteros, los amantes del tenis, del deporte y de la vida no nos cansaremos de darle las gracias a Rafael Nadal. Simplemente…

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