Anónimos… o truhanes conocidos

Pongamos que, en el mundo físico de toda la vida, decido ir a un sitio de dudosa reputación -quiero decir: donde pienso que la mía se puede ver cuestionada si me ven ahí. Efectivamente, haré por no encontrarme con nadie conocido. Y si tengo la mala suerte de que me reconozcan, tendré que apañarme alguna explicación.

Pongamos que, en el mundo online de hoy, me abro una cuenta simplemente con una dirección de correo electrónico. Me pongo un nombre cualquiera, con foto o sin ella, entro donde me dé la gana, fisgo e interactúo con quien me apetezca, y digo lo que me salga. O no. Simplemente me dedico a ver y leer lo que pasa por ahí.

Bien, ¿y eso es realmente un problema? ¿No tenemos derecho a llevar dobles o triples vidas si nos llena, nos divierte o nos permite evadirnos? Eso se puede hacer también en el mundo real, aunque desde luego sea mucho más fácil en el que llamamos virtual. Aquel Edimburgo de la niebla y los pasadizos intraurbanos se prestaba a esos desdobles de personalidad y dio lugar a historias como la del diácono Brodie, cuyo caso inspiraría a Stevenson para engendrar la historia del Dr. Jekyll y Mr. Hyde.

Y sí, hay mucho Mr. Hyde. Pongamos, otra vez en el mundo online, que un personaje conocido, que se presenta en las redes con su cara, nombre y apellidos, espeta una soflama que apela a febriles emociones contenidas. Y se desata una corriente de adeptos, anónimos o no, que compran su discurso, lo hacen suyo y lo replican. O que otro personaje, también identificado e identificable, pone una foto con su familia y genera un terremoto de críticas, insultos y hasta amenazas, también por parte de una legión de seres nombrables o no.

Pongamos entonces que volvemos al mundo físico. A un estadio de fútbol en el que miles de ciudadanos a cara descubierta y que tienen voz, nombre, familia y vida propias, se unen en masa, todos a una, para lapidar verbalmente al negro, al moro, al maricón o al subnormal del equipo contrario. Si cada uno de esos, al día siguiente, se encuentra con ese ‘negro’ o ese ‘maricón’ por la calle, no le dirá ni llamará lo mismo. Hasta quizás le pida un selfi y luego se lo enseñará a los amigos.

No es el anonimato, es la masa. No es el perfil de uno, es la cobardía de muchos juntos. Y es la cultura, la educación o la carencia de ambas. La red no hace más que amplificar los contenidos, los discursos… y también los instintos.

Es notorio que las redes sociales no son ya lo que fueron hace diez o quince años. Quizás sí en términos de popularidad, pero creo que no en términos de utilidad y, sobre todo, como su adjetivo pregonaba, socialización. Posiblemente porque sus propios y meritorios creadores, en su afán de hacer más negocio con ellas, las han vaciado de significado en unos casos o las han viciado en otros. Pero el anonimato nunca ha sido el problema. Si ya desde sus inicios nos hubieran exigido detallar estrictamente nuestros datos y hasta nuestra huella dactilar, indudablemente no hubieran tenido el éxito que alcanzaron. Hablamos de las que cumplen simplemente una función de ocio, comunicación o interacción. Las que tienen un fin eminentemente profesional son otra cosa, ahí sí que no procede ir de incógnito. En las otras, cada uno verá cómo quiere ser o que le vean. Y los demás verán a quién hacen caso o no.

El problema concreto de ‘X’ es que ya sus antiguos dueños -cuando aún era Twitter- vieron que a más ruido más movimiento y, a la postre, más ingresos. Y decidieron priorizarlo a través de sus algoritmos. El actual dueño, aparte de otros despropósitos calculados, lo que ha hecho es apretar más esa tuerca. Esto no es diferente de lo que históricamente hacía la prensa que llamábamos sensacionalista o, en un grado mayor, amarilla. Pero volvemos a lo de antes, que la capacidad de difusión de esta red, y por lo tanto su influencia, es brutal y global.

Así, lo que hace esta red -como hacen otras plataformas- es realzar la presencia de estos Mr Hydes -bien anónimos, bien truhanes conocidos– que encienden a las masas y en cuestión de segundos consiguen que prenda el odio hacia lo que sea. Estos contenidos, por llamarlos de alguna manera, interesan muchísimo a un amplio sector de usuarios, pero además hay otros muchos que los siguen por mera curiosidad, morbo o afición a indignarse según se levantan por la mañana. Y más tráfico, más alimento, más leña para generar nuevos incendios. Es así como la red más dinámica, inmediata y ágil ha terminado por convertirse en un estercolero. Del que, por cierto, casi nadie se va.

La decisión del juez de Brasil de cerrar ‘X’ en aquel país puede tener una argumentación jurídica, pero sentar un precedente peligroso. Si la medida responde a exigir el cumplimiento de las leyes locales, que nadie se puede saltar sea quien sea, podrá tener su justificación, pero deberá explicarse muy bien. Si el único motivo es exigir que se le tape boca -o se le duerma el dedo- a unos voceros insidiosos, por impresentables que sean, cuidado. Porque fácilmente se le puede achacar a la justicia y al gobierno brasileños que están actuando contra la libertad de expresión. Y otra vez volver al mantra de que es la izquierda la que cercena las libertades y los otros los que las defienden a capa y espada. Esa falacia que tanta gente se cree. Pero si además les damos motivos…

Eso sí, una vez más, usar el concepto de libertad de expresión y opinión para amparar en ella la desinformación es confundir al personal. La primera debe preservarse y defenderse siempre, incluso cuando hay expresiones y opiniones que producen dolor de muelas. Pero la desinformación debe combatirse desde todos los ámbitos. A ‘X’, como a cualquier red, no habría por qué exigirle el veto a determinados sujetos por mucha sandez que suelten. Pero sí demandarle que cuide los contenidos que se publican, asegurando que sean veraces y, en efecto, purgar a aquellos que se dedican a confundir y engañar a la gente con un interés determinado y bien conocido.

Entonces pueden venir los que defiendan que es que una red social no es un medio de comunicación. Y es cierto. Pero mentir, calumniar, difundir hechos falsos, es una falta grave y en según en qué casos un delito -además un pecado, si eso sensibiliza más- en cualquier plataforma: en ‘X’, en un periódico o una radio, en el parlamento o en un mitin, en el colegio o en la iglesia.

Claro, hablamos de apartar de este juego a los que difunden mentiras con intereses concretos, fundamentalmente políticos. Pero si sospechamos que es el propio dueño del negocio el que tiene o comparte esos intereses, más allá de los empresariales, pues poco podremos esperar. No nos quedaría otra que algo que no haremos: dejarle lo más solo posible. Con sus anónimos…

(Foto: geralt)

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