Ya son historia los Juegos Olímpicos 2024, que, ante todo, hay que calificar como sensacionales en casi todos los aspectos, del organizativo al deportivo, pasando por el escenario incomparable y la respuesta del público. Luego, cada uno tendrá su opinión sobre lo que le ha gustado más o menos, qué ha faltado o qué ha sobrado. Si la idea del pebetero en globo nos ha parecido genial o si resulta que la llama olímpica ha terminado siendo la gran ausente. Si el escenario en el que se han desarrollado merecía el despliegue o si, a veces, los realizadores de televisión parecían más atentos a mostrarnos la ciudad de París que a la propia competición. Lo del Sena o la incontinente lluvia parisina… Si la reina ha sido Simone Biles, si el rey ha sido Léon Marchand, si el honor le corresponde a Sifan Hassan, a Remco Evenepoel o a Stephen Curry. Sea como sea, el tiempo será el que determine qué imágenes, momentos y sensaciones se nos habrán quedado para siempre.
Y es hora, claro, de hacer balance deportivo. Y en concreto, de la participación española. Aquí, como siempre, tenemos impresiones de todo tipo, de las más catastróficas a las más triunfalistas, con todo lo que cabe en medio. Y análisis de toda índole, incluidos los que establecen el ratio de medallas en función del PIB o aplican sesudos cálculos para interpretar el éxito o el fracaso, sin que falten las ilusorias extrapolaciones de lo que pudo ser y no fue. Lo que tenemos es la foto fija del medallero. Éste nos sitúa en el puesto 15 de los países participantes, con 18 medallas, una más que en Tokio 2020, y cinco de oro, dos más que entonces. Visto así, no parece que esté tan mal. Luego, las fotos se pueden tomar desde diferentes ángulos. Si nos comparamos con Italia u Holanda (o Países Bajos para quien lo prefiera), con 40 y 34 medallas respectivamente y que obtuvieron muy parecido resultado en Tokio, sí puede deducirse que algo podríamos progresar.
Si lo miramos con perspectiva histórica, podemos ver que España se mantiene más o menos en el escalón al que subió en Barcelona 92. En aquellos inolvidables juegos pasamos de cuatro a 22 podios, de residuales en el medallero a la zona media alta. Y aunque no hayamos conseguido superar ese listón -teniendo en cuenta que, como anfitriones, aquella fue la mayor participación de nuestra historia-, en las siguientes citas hemos venido rondando la veintena. Otra cosa sería plantearse si, 32 años después, ya iba siendo tiempo de dar otro salto. De ascender a esas 30 o 40 medallas que nos sitúen entre los diez primeros países del mundo. Y es cierto que a estos Juegos veníamos con fundadas expectativas de obtener nuestro mejor resultado, con una representación de 383 deportistas, la mayor desde Barcelona. Y con un buen puñado de ‘medallas seguras’, pero esas, como siempre pasa, nunca lo son hasta que no se consiguen. Y como las demás, son siempre muy difíciles de conseguir.
Sí, hemos tenido decepciones, como en todos los JJOO y como todos los países. No se trata de dar nombres, no ya por no señalar, sino porque aquí hablamos de la delegación española como equipo. Nos han llegado disgustos de todo tipo, los que han tenido que ver con la mala suerte o hasta la desgracia; los que devienen de un mal día, de una tabla mojada, de un caballo ‘vago’…; los que son producto de la pura competición, que habiendo ganado todos los partidos del grupo nos toque jugarnos los cuartos con los campeones del mundo; y que hay partidos y carreras que se pueden ganar y perder. Y los hemos perdido como otros los hemos ganado. Porque también, como siempre, ha habido medallas inesperadas y satisfacciones no previstas.
Otra toma de la foto nos dice que España, además de las 18 medallas, ha colocado a 29 deportistas entre los cincos primeros. En Tokio no sé cuántos fueron, pero sí recuerdo que, al menos en atletismo, fueron bastantes cuartos y quintos puestos. ¿Mala suerte, desgracia? No lo creo, estos puestos existen, lo que pasa es que en la cultura deportiva de este país -ignoro en la de otros-, parece que sólo existen los tres primeros, y a partir de ahí son todos unos fracasados. Pero cualquiera que conozca y sepa valorar lo que es el deporte de alta competición, admitirá que meter a 29 en el top 5 o, si nos atenemos a los datos que da el presidente del Comité Olímpico Español, clasificar a 221 de nuestros 383 deportistas entre los ocho primeros, dice bastante del nivel deportivo de un país. Que, por otro lado, no se mide en 17 días sino a lo largo de los meses y los años. Uzbekistán nos gana en el medallero, ha conseguido ocho oros, posiblemente gracias a sus grandes boxeadores y luchadores. ¿Alguien piensa que Uzbekistán tiene mejor nivel en deporte que España?
Si seguimos observando y además ampliamos la foto, podemos ver qué deportes hay en los Juegos y qué medallas se reparten en ellos. Partamos de que en todos los JJOO hay tres deportes que, sin ser más importantes que los otros, dejan la impronta y los marcan para la posteridad: atletismo, natación y gimnasia. Dejando aparte el atletismo, en el que no nos manejamos mal según las épocas, la natación otorga más de 100 medallas y la gimnasia más de 40, teniendo en cuenta que en su gran mayoría son individuales, luego los países pueden aspirar a más de una por prueba. En cambio, los deportes de equipo dan una medalla masculina y otra femenina. España nunca ha sido fuerte en la piscina ni sobre las colchonetas, aparte de que hayamos tenido figuras ocasionales como Mireia Belmonte o Gervasio Deferr. Por su parte, Italia, que tampoco pasa por ser una gran potencia en ambos deportes, ha cosechado en París cinco y tres, respectivamente. Luego están los deportes que comprenden diferentes categorías, como judo, taekwondo, boxeo, halterofilia… que también suponen un importante puñado de preseas y también individuales. Volviendo a Italia, no ha participado -porque no se clasificó- en fútbol, baloncesto, balonmano, tampoco ha sumado en waterpolo… pero ha pescado en esgrima, tiro, taekwondo, judo, remo, ciclismo en pista… ¿Preferimos eso? ¿Debe ser ese nuestro modelo deportivo?
Quienes están hablando ahora de cambiar el modelo, posiblemente tengan razón y sea necesario. Pero entiendo que lo que queremos en España es seguir siendo buenos en los deportes de equipo, en tenis, mejorar en atletismo y además tener mayor presencia en la natación, la gimnasia y los deportes que reparten más medallas. Vaya por delante que a la mayoría de estos deportes se les presta muy poca atención mediática y popular durante los cuatro años que conforman el ciclo olímpico. Aún así, en esas especialidades también tenemos deportistas muy buenos. Que lo son gracias sobre todo a su enorme trabajo, muchas veces silencioso y poco publicitado. Y que no sería posible sin las ayudas que reciben, que están supeditadas a resultados. Estas ayudas son públicas y privadas, ese fue el modelo -el plan ADO– que se estableció para Barcelona 92 y que nos permitió escalar a un siguiente nivel.
Pero sucede que, desde entonces, la inversión pública ha aumentado y la privada, en general, ha decrecido. Fijémonos en deportes y ligas nacionales, más allá del fútbol, que están viendo la dramática espantada de patrocinadores. En balonmano, ciclismo, voleibol, hockey, hasta en baloncesto… y no digamos en sus vertientes femeninas. ¿Dónde están jugando baloncestistas y balonmanistas que luego van y compiten por medallas con la selección? Si está pasando en estos deportes, ¿qué decir de los que llamamos minoritarios? ¿Queremos medallas en esgrima, remo y tiro con arco? Entonces sí habría que repensar el modelo. Fijémonos en lo que están haciendo Italia, Francia u Holanda, y veamos qué se podría aplicar aquí. Pero ya avisamos de que algunas políticas a lo mejor no gustan. Porque resulta que guardan cierto parecido con las que aplicaron en su día los países del este de Europa, sí, los comunistas.
Y puede que haya que repensar también la información que se da. Sí hay, muy minoritarios, algunos medios de comunicación que al menos dan somera información sobre ‘deporte olímpico’, esto es, aquellos que no son fútbol ni Nadal ni Alcaraz. Pero, en general, dan muy poco porque funcionan según oferta y demanda, y el consumidor de información deportiva pide ante todo Real Madrid, Barcelona y Atleti. Sólo nos acordamos del judo, el taekwondo, Craviotto o Chourraut cuando llegan los Juegos y huelen a medalla.
Y es entonces cuando nos topamos -o me topo yo, que a lo mejor es cosa mía- con un ancestral vicio que arrastramos desde décadas: lo llamo el patrioperiodismo deportivo. De acuerdo con que todos queremos que gane España y los españoles hagan y den lo mejor. Pero, de verdad, no hacen falta esos alardes. No estamos ya en los tiempos en los que ganábamos una medalla o ninguna y todo era injusticia, mal fario o mala sombra. Cada cuatro años se repite la historia: desde el día uno tras la ceremonia inaugural, los medios, fundamentalmente las cadenas de radio y televisión, se lanzan a un admirable despliegue a la caza de medallas para la causa. Narrando y explicando deportes que, en muchos casos, han tenido que aprenderse sobre la marcha.
Pero sucede que, a menudo, nos están vendiendo de antemano la medalla que ‘sin duda’ van a ganar los nuestros. Se explayan en lo buenísimos que son estos judocas, piragüistas, tiradores olímpicos… Y lo son, desde luego. Lo que pasa es que, cuando se trata de deportes que controlamos, sabemos, por ejemplo, que si en fútbol jugamos contra Alemania o en baloncesto contra Serbia, toca un partido complicado, que se puede ganar o perder. Pero aquí no nos dicen -o nos lo dicen muy tarde- que ese iraní, ese georgiano o esa japonesa contra los que nos jugamos la medalla son el campeón olímpico, la triple campeona mundial o el que lidera en ese momento el ranking. En la previa del combate o de la carrera, entrevistan a la familia del o la deportista, hablan con la pareja, con la abuela -dicen todos prácticamente lo mismo-, nos ponen en estado de catarsis… y luego, si la cosa no se da, nos viene un bajón tremendo. Porque era posible, sí, pero difícil. Porque, a lo largo de los 17 días de Juegos, lo normal, para todos los países, es perder más veces que ganar. Si no fuera así, saldríamos de los Juegos con 200 medallas. En ese estado febril tras las grandes desilusiones, es cuando surgen ideas peregrinas como la de pedir una medalla de bronce de honor para Carolina Marín, que creo que enseguida se dieron cuenta de la chorrada. En fin, no merece la pena este estrés, que es para nosotros los que lo seguimos, pero posiblemente les acabe afectando también a ellos. Diríamos que podrían mirárselo también, pero no lo van a hacer, porque dentro de cuatro años se nos habrá olvidado y volveremos a lo mismo. Y se entiende que es parte del espectáculo que hay que ofrecer a la audiencia.
En definitiva, y esto ya va muy largo, una cosa es el nivel deportivo de un país y otra su hoja de resultados en unos Juegos Olímpicos, la foto fija del medallero. Lo primero hay que seguir fomentándolo, promoviendo el deporte, cualquier deporte, que a los niños les guste y encuentren facilidades y medios para practicarlos. Lo segundo, será cuestión, además, de inversión. Pero como pasa con todo, donde el negocio es rentable, a la inversión no hace falta llamarla, viene sola. Y donde no lo es, donde no es tan fácil obtener retorno, hará falta incentivar la privada y cuando falte, dirigir inversión pública, eso sí, con un buen plan estratégico. Y siempre teniendo en cuenta -no caer en el error de muchos clubs de fútbol- que todo esto sigue siendo deporte, juego, que no se guía por puras lógicas de negocio. Por lo tanto, más dinero no necesariamente significa más éxito.
Recordar, por último, que el deporte, en los JJOO y fuera de ellos, lo hacen deportistas, lo que incluye a sus entrenadores, ayudantes, fisios, psicólogos… Ellos son los que entrenan, los que se preparan y finalmente los que juegan, aciertan, fallan, ganan, pierden, quedan terceros o séptimos. Los demás -y este grupo incluye a dirigentes, políticos, analistas y público en general- lo vemos, a menudo con una cerveza en la mano. Y después lo juzgamos.
Dicho todo esto, los JJOO de París han terminado. ¡Vivan los de Los Ángeles 2028!