La tormenta encima (II)

Ecuaciones difíciles

Cuando dejamos de ser niños, empezamos a ser muy tontos. Y lo peor es que nos creemos lo contrario.  

Era cuando un colectivo desorganizado de armatostes y cachivaches electrónicos habitaba en el llamemos despacho, llamémoslo taller o laboratorio, que mi padre se había montado en el pequeño cuarto que se decidió no usar como dormitorio. Uno de ellos, decía, servía para determinar si los humanos estamos todavía vivos, si nos queda un hilo o se nos escapa. Y la verdad, no sé qué andaba yo buscando por ahí. Nada tendría por qué cortocircuitarse, pero a lo mejor mis fusibles sí.

Coincide todo con que al que iba para ciencias ya le gustaba leer, pero además empezó a querer leerse, esto es, a escribir o por lo menos intentarlo. Sucede que, subido un determinado escalón curricular, las ecuaciones que tan bien se le daban se empezaban a complicar. Y entonces, las x que con tanta destreza despejaba se volvían ariscas, esquivas y volátiles, ya no había forma de desentrañarlas. Difícil se lo ponían para llegar a ser lo que se planteó de niño. Y total, ya no hacía tanto por no perderse a Félix Rodríguez de la Fuente. Y sí por devorar la prensa. Al principio la deportiva, pero pronto empezó con la otra. No me dijeron nada. De lo que pensaran, ni idea tuve ni tengo.

La primera televisión a color no se la fabricó él, pero sabía muy bien cuál había que comprar. Aunque fuera de marca blanca, lo que llevaba por dentro lo conocía perfectamente, del tubo a la última válvula. Y así se veía y así duró. Lo que ya no le iba a hacer mucha gracia sería que yo por mi cuenta invitara a los amiguetes a casi estrenarla con el partido inaugural, infumable por cierto, del Mundial de Argentina. La carita que puso al llegar del trabajo y encontrarnos ahí, ocupando su sillón, no disimulaba lo más mínimo. Más o menos la misma que le vería años después, cuando nos sorprendió a la misma tropa en plena fiestona, bien completitos de alcohol. Las chicas ya se habían marchado y uno de los nuestros se marcaba un frenético, ardoroso baile con la escoba. Ambas afrentas me las perdonó en seguida, no tanto ya la tercera, años después, porque ya era otro tipo de festejo y con otra tropa.

Hablando de chicas. No hace falta que nombre a una de la que no volví a saber y espero que la vida le vaya muy bien. Guardará todavía, o a saber, una foto de un niño de tres años en una playa de Galicia con una gorra de marinero y una pipa en la boca. La de mi padre. Entonces no era consciente, y hoy estoy seguro de que es la mejor foto que me han hecho en mi vida. Pero decidí dejar de tenerla para que la tuviera alguien que con quien ya entonces podía suponer que no iba a tener nada. Es que somos muy tontos.

Tampoco nombraré a otra a la que hice leer ríos y ríos de amor -un alivio no guardar ni ínfima copia de aquellos papeles- que escribí para ella… conmigo delante. La pobre no sabía qué cara poner y yo, viéndola y advirtiendo la cara que no ponía, hubiera querido convertirme en el mármol negro de las mesas del Café Gijón. Es que somos gilipollas. Además, ya sabía juntar algunas letras con gracia, pero aún tenía mucho que mejorar. Claro, de todo esto, nunca conté nada en casa. Y tampoco sé por qué lo cuento ahora.

Se torcían las ecuaciones, pero las matemáticas no eran las únicas. Los fines de semana y las vacaciones empezaban a tener un sentido diferente. Las fiestas estaban cambiando de signo, aunque no todas salieran todo lo bien que uno presuponía. Beber vino con la familia y pasarse de rosca podía tener consecuencias poco decorosas, en cambio, tomarse unas cervezas con los amigos, o solo solito en la Cruz Blanca, no tenía más penalización que el dinero, que lógicamente era escaso. Al fútbol ya prefería también ir sin mayores. Total, por 500 pesetas podías invitarte a un clásico o un derbi, semifinales de Copa de Europa, incluso una final llegué a ver. También fui afortunado en eso: para un adolescente sin ingresos y de clase muy media, eso hoy es impensable. Por lo demás, los estudios ya habían empezado a ir fatal. Quizás no eran la prioridad, salvo cuando llegaba junio, luego me olvidaba otro rato hasta septiembre. A lo mejor se me notaba ya la vocación. Me gustaba correr y andar solo, me gustaba escribir, el fútbol y la cerveza. Nunca me dijeron nada o no lo recuerdo. Íbamos a colegios caros, y más lo iban a ser, pero en esa obviedad nunca nos parábamos a pensar.

La música seguía, pero ya tomábamos otros derroteros. Y cambio significativo fue el que se produjo en la gestión del equipo de música. Empecé a monopolizarlo. Al menos, con los Beatles y Neil Diamond no ocasionaba grandes tormentos, pero luego me dio por los new romantic y otras modas, pobres, qué paciencia. Y qué condescendencia, aunque yo entonces pensara otra cosa, la del borde de la tienda de intercambio de discos, que por poco no me soltó una hostia por pretender empeñar el iniciático de Bob Dylan por un maxi single de Visage. En cuanto a la radio, pasó a ser nocturna y para consumo propio. Años de angustia vendrían en los que me acompañaría madrugadas enteras. Y luego no iba a clase, vegetaba por casa y preguntaba a los libros y las paredes, que nunca me respondían, qué coño me pasaba. Mi hermano aprendió a imitarme en esos tiempos de abulia y he de reconocer, aunque me jodiera un poco, que el tío lo clavaba.

Ya no eran héroes, sino personas. Que hacían todo lo que podían, pero ya no se lo reconocíamos con la misma devoción. Si me saqué el carné de conducir y aún lo tengo recién renovado fue por él, por su dinero y su paciencia. Pero yo después me agarré un cabreo monumental porque no me compró un coche, o no se lo compró él para dejarme el 124 verde hortera. Siendo más exactos, entregó este como entrada del nuevo, lo que me tomé como una traición. Un año sin hablarle, sin mirarle a los ojos. Y resulta que a día de hoy, mira si han pasado años, no he vuelto a conducir uno, ni claro, para qué comprármelo, incluso cuando ya pude.

No sólo a mí me fallaban las ecuaciones. En octubre de 1982 entré en la universidad y voté por primera vez. Y también por primera, pero por única vez, mi padre y yo votamos lo mismo, los dos tan contentos. Estaba claro que era el caballo ganador. A los tres días, él ya se estaba arrepintiendo. Al poco entró en vigor una nueva ley de función pública que endurecía los horarios, después vendrían ciertos avatares empresariales… Y se jodió el pluriempleo sobre el que edificaba el castillo en el que vivíamos cómodamente y hasta podían comprar angulas para toda la familia por Navidad. Después, casi nunca hemos estado de acuerdo en nuestras conversaciones y discusiones políticas. Pero claro, a ver cómo le convencía de que volviera a votarlos.

Según me despojaba de los cálculos y las fórmulas, quién me lo hubiera dicho, los estudios habían ido remontando. Y hasta hice mis pinitos en concursos literarios, aunque la verdad es que se quedaron ahí. Con mis primeros trabajillos, antes de que fueran trabajos, empecé a ganar cierta independencia económica, que más o menos iba coincidiendo con la horaria. Pudo haber semanas que si vi a mi padre fue porque me lo cruzaba cuando él se iba a trabajar y yo volvía a casa. Y si hacía por verlo, era porque los esporádicos sueldos que cobraba se evaporaban, y claro, no me iba a quedar un sábado sin salir.

Era ese tiempo en el que vivíamos bajo nubes muy negras, pero no de las que descargan y se van, sino de las que permanecen para oscurecer los días y hasta las ganas de vivir. Yo lo notaba, lo que pasa es que hacía como que no me enteraba. Se suponía que no sabía nada, que ni sentía ni padecía, pero sufría. No por mí. Por mi madre y por él. Nunca me dijeron nada, pero no hacía falta. Ya cuando empecé a trabajar en serio, tuve muy claro mi deber, como lo tengo hoy. Si hubo, es verdad, un cierto período de despiste, no fue mi padre quien me lo recordó. Ya no me equivoqué más, o eso procuré.

Y sí, hemos tenido ecuaciones difíciles, no pocas diferencias y a menudo incomprensión. Discutíamos, hasta que fui constatando que me ponía malo discutir y además era inútil. Por eso prefería no encontrármelo, aunque no podía evitar que fuera él a mi busca, no podía estar más en su derecho. Creí ser justo, pero después me di cuenta de que hubo veces que no lo fui. Me llenaba de razón, pero no la tuve casi nunca. Y aunque algunas contadas sí y así lo sigo pensando, precisamente esas fueron las que hace mucho que dejaron de importar.

Además de tontos, es que somos egoístas. Con la edad vamos aprobando asignaturas, pero esa se nos resiste. Lo que pasa es que a algunos, un buen día, nos ponen el examen delante. Y nos queda dejarlo en blanco o tratar, buenamente, de rellenar el papel. En selectividad me tiré media hora dudando si empezar a desarrollar un tema o el otro. Al final me lancé a por el que me sabía mejor y dejé para el final, en un agónico apretón, el que requería mucha paja e invención. Pero cuando te ponen frente a ti mismo, no hay elección ni duda posible. O ignoras la cuestión o la afrontas. Sabiendo que, si decides lo segundo, por mucho empeño que pongas, nunca sacarás matrícula de honor. Quizás por eso otros, tantos, eligen lo primero.

El invierno que se fue a Guinea nevó como no recuerdo haber visto. Pero las nevadas en esta casa no se ven como desde la otra. Tampoco las tormentas, aunque esas, al menos, se escuchan. Siguieron yendo y viniendo, unas estaban escritas, otras se escribían solas y algunas nos las formábamos nosotros. Obviamente, son fenómenos regidos por la física, y la física está hecha de ecuaciones. Si éramos capaces de resolver las x, llegábamos a tiempo para ponernos a cubierto. Pero si no sabíamos ni por dónde venían, cuando nos queríamos dar cuenta, ya las teníamos encima. Y mamá volvió a fumar, ‘hijo, es que la vida es muy triste’.

A todo esto, creo que he perdido la cuenta de los segundos que han pasado ya. Tampoco he visto más relámpagos desde aquel. Pero puedo asegurar que la puta nube sigue ahí y seguirá.

(Foto: JosepMonter)

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