Esos informáticos que creyeron poder cambiar el mundo y hoy sobreviven pertrechados detrás de un Data Center. De centeno y con aceite, sin hostias para llevar, que éstas ya vendrán por e-mail. Sentados a la mesa cotidiana, evocando a José Martínez Ruiz, dos ínclitos de la nube tecnológica y mediática que cierto día se citaron en el faro. Sí, para cambiar el mundo demostrando que aquello funcionaba y jugaba mejor. Pasaron los años y no cambió mucho, pero sí lo que funcionaba y jugaba. Ahora tenemos un carajal insostenible. Porque es estratégico, que si no sería un carajal llevadero. En estos tiempos, el director de informática de facto es el financiero, el fin ahorrar costes y mantener el status. Así que ojo con los atrevidos que aspiran a directores generales. Hablando de tales, ten cuidado si te dicen que eres una pieza fundamental para el futuro de la empresa. Con el tiempo puedes acabar llorando a solas o acompañado en un despacho. O te mudan el nido a Miami. No se puede ser del sistema, ir contra el sistema y no tener dos millones de euros. Y siempre es mejor depilar los malos rollos, como las piernas de esos aguerridos anónimos que peregrinan y pasean su aroma a Reflex por las medias y enteras maratones de las ciudades y los pueblos de España. Un bakalao después de la carrera puede ser un buen proyecto, como siempre hará falta contarlo bien. Con mucho estilo y buen tomate. En frases cortas y precisas, como lo hubiera descrito Azorín, no confundir con el Windows del mismo nombre que nos hemos inventado, al final lo hacen parecido pero uno sobre el papel y otro en aquellos antros de por la Calle 30. Al final la última conclusión es que Internet no existe. Ni el de las cosas, y las cosas tampoco. Como el bono-metro, solo que esta vez estamos en lo cierto y es constatable. Es la historia de un martes, de un desayuno de amigos, ideas orgánicas desorganizadas sobre una mesa de madera regenerada de Le Pain Quotidiene.