¿Angulas? Si sólo quería dos…

Vas un día al dentista, que ya era hora. Te hace un examen minucioso de tu boca, te saca las fortalezas y las debilidades, éstas mucho más profusas por desgracia y como es normal. Estudia lo que hay que hacer, te explica los pasos y técnicas a seguir. Finalmente te extiende un presupuesto. Lo miras, lo vuelves a mirar y te entra el sudor frío. “No, si no quería hacerme tanto” le espetas. El dentista se ríe muy seguro de sí mismo. “Tú mismo” te dice con la mirada.

Necesitas vestirte a tono para una boda sonada, lo has dejado todo para última hora y te quedan dos días. El traje entre los trajes, una camisa, sus gemelos, corbata a juego, pañuelo, cinturón, calcetines, ya de paso unos zapatos como es debido, ¿va a llover? pues una gabardina elegante, y ya ropa interior que tampoco es cuestión de ponerse guapo sólo por fuera. El ticket se alarga, el importe sale por la pantallita del terminal. Tuerces el gesto, qué pequeño te sientes de pronto. ¿Y qué haces? ¿Dejas el traje en la tienda?

Llegas al aeropuerto con retraso, tienes prisa, buscas un taxi para llegar urgentemente al hotel de la reunión, que justamente se halla en el otro extremo de esta gran ciudad. Te lleva a toda pastilla como le has requerido, te deja en la puerta y te señala el contador. Pegas un brinco. “No, si tan deprisa no quería ir”, “hombre, podía haberme dejado a mitad de camino y desde allí ya iba en metro”. Mejor pagas, coges el recibo y no rechistas, ¿no?

¿Por qué tantas veces reconocemos y no negamos nuestra necesidad para pagar un bien o servicio? ¿Por qué otras veces sí?

¿Angulas? Si sólo quería dos.

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