A las ocho me he despertado y han cambiado mis planes. En efecto se ha levantado muy gris. Incluso dicen que han dado por caer copos desvaídos y tímidos. En su calle ya tan vacía aunque hoy se ve a mucha gente. Me pongo a contar las horas que pasé con él. Pero mejor me pondría a pensar en las que me quedan. La suerte de ser lector pero no devorador de libros es que nunca te falta uno nuevo que empezar. Así que me tomaré unos días para elegir el próximo. Pero ahora no puedo evitar –ni quiero- la visita de algunos de mis profesores de Literatura – don Anselmo, Ángel simplemente o simplemente Mónica… (Fue Ángel quien en 1982 dijo un día en clase “Os recomiendo Los Santos Inocentes, ¡genial!”. Y ahí fui de cabeza) Vienen y les dejo pasar encantado porque no olvido que los primeros paseos por sus páginas los di de su mano. Después ya supe andar solo, abrir las puertas, internarme en las estancias y descubrir nuevas rutas. Pero aún no las conozco todas. Afortunadamente. Quedan habitaciones, terrazas, jardines y cipreses. Queda camino, paisajes y palabras que huelen a campo. O sencillamente cartas de amor. Tantas líneas delicadas, que parece que no tienen andamios y sin embargo están construidas a conciencia y con esmero de artesano. Tanta vida contada con la naturalidad de quien dice buenos días y luego esas voces llevan dentro el museo entero del ser humano. Te llevan por un atajo y después tienes la sensación de haber recorrido uno por uno, sin darte cuenta y sin cansancio, todos los pasadizos, travesías, callejones y recovecos del simple mundo. Hoy me he despertado, han cambiado mis planes y se me ha antojado que su sombra va a ser interminable.
Todas las veces que he recorrido la Calle Santiago de Valladolid en dirección a la Plaza Mayor -donde sigue oliendo a hereje quemado en auto de fe-, aún sabiendo en los últimos años de su enfermedad y delicado estado de salud, me entretenía buscando por las calles y en las caras de la gente el rostro envejecido de Don Miguel, ya que sabía que solía recorrerla casi a diario.
A cada paso pensaba en lo que le diría al saludarle: «Gracias Don Miguel, me encantan sus libros… con ellos empecé a aficionarme a la literatura…-seguro que me trabuco-….», me ponía nervioso de sólo pensarlo. Por desgracia nunca tuve esa suerte, pero cuando regrese a Valladolid seguiré buscando su cara entre la gente.
Gracias paisano, seguiremos intentando comportarnos como esos viejos castellanos de sus relatos, recios y serios, en estos tiempos de penumbras para España.