Empresas como Motorola merecen un monumento. En sus ochenta años de vida no ha dejado de inventar. Fundada en un suburbio de Chicago, obtuvo su primer gran éxito en 1930. Creó la primera radio para coches, o mejor dicho, llenó los coches de radios. Ya entonces le puso la marca que después se convertiría en el nombre de la empresa. Y el que dio lugar a que posteriormente hayamos conocido nombres como Radiola, Moviola o incluso Rock-Ola (que era una marca de tocadiscos aunque para nosotros siempre será a la mítica sala de conciertos de la movida madrileña).
En 1947 idearon el primer televisor asequible para todos los públicos. O mejor dicho, llenaron las casas de televisores. Golden View se llamaba, y sólo en el primer año vendieron 100.000 unidades. De las de entonces.
En los años 60 pensaron que a la gente le gustaría comunicarse desde cualquier lugar, y empezaron a trabajar en el teléfono móvil. O mejor dicho, llenaron nuestras vidas de teléfonos móviles. En 1983 lanzaron el primero listo para vender; en 1991, el primero para la red GSM; en 2000, el primero para GRPS. Y después, a pelearse con Nokia, Samsung y demás. Ahí siguen.
Pero además, Motorola puso los procesadores a los ordenadores Macintosh de Apple; participó en el lanzamiento de la constelación de satélites Iridium; creó el primer buscapersonas; y cuando el hombre pisó por primera vez la luna, el célebre mensaje de Neil Armstrong “un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la Humanidad” fue emitido a través de una radio Motorola. Entre otras muchas hazañas. Fabrica desde modems hasta sistemas para satélites.
Ahora la compañía anuncia su escisión en dos: una para el negocio de telefonía móvil y dispositivos domésticos, más orientada al consumo; y la otra para sus soluciones de movilidad empresarial e infraestructuras, más enfocada hacia sus clientes corporativos. Ya antes se había desligado del negocio de semiconductores y de los productos para automóviles.
Sea como fuere, en una o en dos, compañías como Motorola siempre deberán existir.
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