Peroesto…? Esta segunda entrega de nuestra nueva sección podríamos haberla titulado “Detalles insignificantes pero no tanto que se deben tener en cuenta cuando se va a una entrevista”. Pero aparte de quedar insoportablemente largo, es que para ilustrar la teoría con un caso práctico, me voy a valer de la ya traída y llevada entrevista del obispo Munilla, la semana pasada, en el programa La Ventana de la Cadena SER. Pero no por lo de Haití y los “males mayores”, que ya se ha comentado y aireado profusamente y también en este blog. Evidentemente, esa fue la metedura de pata mayor que este señor tuvo en antena. Pero antes tuvo otra. Y no tan menor como podría parecer. Los hechos sucedieron así:
En un momento de la entrevista, cuando Gemma Nierga entra a abordar la cuestión de la controvertida Ley del aborto, el señor Munilla, pretendiendo ejercer de “cercano” y, antes de entrar en materia, le inquiere a la entrevistadora: ¿puedo preguntarle si es usted madre? A lo que la buena de Gemma, en un tonillo revelador de que no le ha causado ni pizca de gracia la interpelación, responde, más o menos: “pues sí, soy madre de dos niños y de hecho acabo de serlo recientemente”. Creo que aquí la cosa empezó a no ir muy bien.
Cuando alguien se dispone a someterse a la “tortura” u “oportunidad” de una entrevista –todo según se mire- es necesario preparársela con cuidado y cariño: los mensajes a transmitir; las posibles preguntas que pueden venir y sobrevenir, incluso sobre temas que pueden parecer colaterales pero que uno no puede eludir así como así, especialmente si la entrevista se realiza en directo; y en fin, refrescar una serie de técnicas que todo el que sea susceptible de aparecer frecuentemente en los medios debe tener presentes y bien sabidas, de todo esto ya iremos escribiendo más ampliamente según tengamos ocasión.
Los deberes previos a una entrevista incluyen también informarse bien sobre el medio que se la va a hacer, la sección, el programa y –fundamental, amigos- el/la entrevistador/a. Sobre todo sus rasgos profesionales, pero también los personales. Por ejemplo, si el periodista en cuestión acaba de recibir tal premio o ha cosechado tal éxito, o si acaba de pasar por un episodio importante en su vida, no está de más –todo lo contrario, favorece la empatía – demostrar que uno está enterado, felicitarle o transmitirle su apoyo o su afecto, en fin, según proceda. Antes de empezar. Mejor fuera de antena, si se trata un medio audiovisual, off the record si se trata de una entrevista escrita. Que salga en el aire o se publique ya es cosa del periodista. No es el objetivo. Simplemente, la persona que está enfrente lo va a agradecer.
El obispo Munilla presume encima, según he leído, de ser experto en medios de comunicación (vaya por Dios, otro experto). Pues todavía más delito tiene lo suyo. No era muy difícil estar al tanto –más aún dada la popularidad de la periodista- de que Gemma Nierga llevaba sin presentar La Ventana desde julio del año pasado, cuando tomó vacaciones y justo a continuación dio a luz y se acogió a la baja por maternidad. La entrevista tuvo lugar un jueves y ella se había reincorporado a los micrófonos ese mismo lunes. Pues ya dando por sentado que el señor Munilla no se había enterado, lo prudente hubiera sido callarse y dejar los jardines tranquilos. Pero va y le espeta lo de “¿es usted madre?”, que a Gemma debió sentarle como una patada en… su ego, fundamentalmente. “Vale, este hombre ni sabe ni tiene el menor interés en saber quién soy yo” pudo ella pensar sobre la marcha. A lo mejor no, a mí sí me lo pareció. Y es que me consta que este tipo de desencuentros –tan fácilmente evitables por otro lado- a veces pueden pasar inadvertidos pero a veces pueden llegar a arruinar una intervención en un medio. Es como que la relación entrevistador-entrevistado se vuelve incómoda, tensa, la interacción entre ambos empieza a no fluir como debiera, y el que lleva las de perder casi siempre va a ser el entrevistado. Éste, a veces, se da cuenta de la pifia, intenta arreglarla a cada pregunta que sigue y cada vez lo estropea más, como un partido de tenis en el que uno empieza a llegar tarde a las bolas, cada vez un poco más tarde, y termina estrellándolas en la red. En el caso del obispo, acabó lanzándola fuera del campo, del estadio y saliéndose él mismo de todos los tiestos. Luego le echó la culpa al ojo de halcón. O al halcón mismamente.
Cuando te van a poner un micrófono o una grabadora delante, y vas avisado, hay que prepararse bien, informarse y cuidar los detalles. Hasta los que parecen insignificantes. Muchas veces es cuestión, simplemente, de sensibilidad. Y el señor Munilla no la tuvo, aparte del error de creer y presumir de que se está plenamente al tanto del universo mediático con escuchar la Cope y Radio María. Pero ese ya es otro asunto.