No habrá libros electrónicos en la Feria del Libro de Madrid, que se inaugura este viernes. Su dirección ha decidido obviarlos y su reglamento, parece que un tanto antiguo, los excluye expresamente. Esta medida parece basarse únicamente en un diagnóstico del presente, en la demanda y sobre todo en la oferta actual. Pero si además responde al sentir general de los editores y de la industria de los contenidos literarios por extensión, se me antoja peligrosa. Para ellos. Entiendo muy bien que argumenten que al libro electrónico aún le falten definición de un modelo, estándares, dispositivos compatibles y, en fin, concretar una oferta que resulte definitivamente atractiva y accesible para el lector; también entiendo que no quieran convertir el certamen en una feria de electrónica; e incluso entiendo que algunas editoriales hayan salido en cierto modo escaldadas de anteriores iniciativas de edición digital que no han producido los resultados esperados. Bien, vale. Pero lo que no se puede negar es que las tecnologías están ahí -o mejor dicho aquí-, que detrás del e-book lo que sobreviene es Internet y ésta sí que es ya una realidad de hecho en el ámbito cultural. No pueden taparse los oídos ni cerrar los ojos. Eso ya lo hicieron otras industrias y así les va –y no me voy a repetir, que aquí ya hemos contado suficientemente lo de esas otras industrias. Lo que creo yo que tendrían que hacer los editores, los autores, las ferias como aglutinadores de la oferta literaria actual, es esforzarse e intentar ver, descubrir, entender la oportunidad que pueden suponer las tecnologías y primordialmente Internet. Y si ahora es difícil –y más en momentos de crisis- articular una oferta concreta en torno al e-book, sí es un buen momento para fomentar el debate, para investigar y abrir nuevos caminos.
Para esta Feria del Libro –bueno, ya para la próxima- se me ocurre, por ejemplo: montar workshops en los que se muestren las actuales propuestas tecnológicas de los fabricantes y contrastarlas con las demandas de los lectores y con las necesidades de los autores; organizar, como acaba de hacer la Feria del Libro de Sevilla, unas jornadas sobre el futuro del libro, con la participación de autores y representantes del mundo editorial, a fin de que debatan y analicen sobre oportunidades, desafíos y posibles nuevas estrategias a seguir; foros o seminarios donde se explique bien el concepto de propiedad intelectual y cómo esta puede ser gestionada a través de la Red; Y también, ¿por qué no?, conferencias ilustrativas donde se exponga, por ejemplo, el origen, pasado, presente y futuro de las enciclopedias, dónde se quedaron Larousse o Espasa, que pasó con Encarta y dónde está y hacia dónde va Wikipedia; y en fin…
Y no estaríamos haciendo nada, absolutamente nada, que no sea compatible ni con la mejor creación literaria ni con la larga vida del libro tradicional. Que nadie en su sano juicio quiere cargárselo, entiendo. Lo que estaríamos haciendo es, precisamente, asegurar su porvenir, prepararnos para el futuro a fin de éste procure los mayores beneficios para consumidores, escritores y para la industria editorial. Que luego Internet llega y, como dijo el gurú, es una apisonadora: si no te subes a ella, te conviertes en carretera.
Pues, pese a que aún está empezando a andar, yo veo el libro electrónico en auge en pocos años. Creo que las editoriales tienen que asumirlo y no dejar escapar el tren. La tecnología y el libro pueden llevarse bien y el sector, si lo gestiona adecuadamente, puede evitar la mella de la que ahora se lamenta la industria musical y cinematográfica.
El e-book tiene otros terrenos editoriales en los que triunfar, como el científico o el académico, donde ya tiene una gran aceptación. Los grandes «best-sellers» vendrán después…