Hace tiempo que los medios de comunicación, especialmente los audiovisuales, se han quitado de encima el tabú, han aparcado las rancias consignas de la «pulcra expresión» y han liberado el taco. Ahora es muy normal escucharlos en cualquier tertulia, entrevista e incluso en algunas informaciones, entiendo que como una forma de aportar cercanía y naturalidad a la comunicación, tanto si es coloquial como si pretende informar de declaraciones tal y como se han formulado. Parece normal si tenemos en cuenta que el lenguaje de los medios no tiene por qué alejarse del que utilizamos en nuestra vida cotidiana. Además, soy de los que piensan, como han demostrado insignes escritores y linguistas, que hay tacos que, en momentos determinados, expresan mejor que ningún otro término ciertas situaciones, sensaciones, énfasis o estados de ánimo. Y pocas lenguas, por no decir ninguna, pueden presumir de la gama y originalidad de tacos que ofrece la nuestra. No hay color, un taco bien dicho suena infinitamente mejor que un estridente pitido. Otra cosa muy diferente es dar cancha a los malhablados, que siguen exisitiendo ahora igual que existían antes. Me refiero a aquellos que no es que utilicen la palabra gruesa en el momento oportuno, sino que las van esparciendo y repitiendo gratuitamente a lo largo y ancho de su discurso, sin que aporten nada. Con el único objeto, creo yo, de pretender dotar de fuerza a un mensaje que ellos mismos deben considerar, en el momento mismo de transmitirlo, insulso y vacío de contenido. Y lo siento mucho, pero antes y ahora, éstos siguen dándole dolor de muelas al oido. Hoy he escuchado en la radio a un director de cine muy malhablado. Ello no tiene que restarle un ápice a su prestigio ni a su valía, y hasta los argumentos que defendía podían ser más que defendibles. Pero sonaba muy mal, coño.
Como a todo en la vida y en el arte, al taco hay que tratarle bien y con respeto.
¡Coño! ¡Qué razón tienes! 😉