La pandemia y el pandemonio

No se engañen. La pandemia remitirá, sí, venceremos al virus o por lo menos lo domesticaremos; la vacunación llegará a ser masiva, esperemos que en todos los países y en todos los mundos; los hospitales se aliviarán y volverán a su estrés habitual y a su endémica precariedad. Pero el pandemonio seguirá con nosotros. De eso no nos libraremos.

Palabras similares -parónimas, técnicamente dicho- y tan definitorias de estos tiempos. Pandemia, ya sabemos lo que significa. Pandemonio, según la RAE: “lugar en el que hay mucho ruido y confusión”. En este largo año y medio no hemos tenido uno, sino muchos. Y los seguiremos teniendo, no lo duden. Nos han acompañado y no nos han dejado desde el inicio de la crisis hasta hoy. En todas las olas, en todas las fases, en repuntes y desescaladas, en el problema y hasta en la solución. Del pandemonio apocalíptico al pandemonio con las vacunas. ¿Y a quién le beneficia, a quién “le pone” todo esto?

Es verdad que esto que hemos vivido se ha parecido en bastantes aspectos a una guerra -aunque es verdad que Pedro Sánchez abusó del símil bélico en aquellas comparecencias del confinamiento. Y en las guerras, el ruido y la confusión suelen ser tácticas tan efectivas como las propias armas, incluso a veces más. Para confundir al enemigo, para desmoralizarle, para que se confíe. O para hacer virar los vientos y convertirlos en favorables. No olvidemos que en este trágico episodio no sólo ha habido un virus que ha matado, malherido y arruinado a mucha gente. Es que, como en casi todas las crisis, ha habido quien, directa o indirectamente, se ha beneficiado de ella.

Como en las guerras, además de muerte, dolor y desastre económico, ha habido mucho miedo. Pero es que posiblemente había a quien le interesaba que hubiera más miedo. Ha cundido la desinformación, pero es que no habrá faltado quien se aplicara a la tarea de desinformar. Hemos pasado mucho tiempo en casa, pero es que sabemos que ha habido a quien le ha venido muy bien que nos quedemos en casa. Se ha expresado a gusto la ignorancia, pero más se benefician ciertos agentes y poderes cuanto más ignorantes somos.

¿Nos acordamos de aquellos audios que se hacían virales en las primeras semanas del estado de alarma, supuestamente de sanitarios o de reputados expertos epidemiólogos? O de las teorías que corrían sobre el origen de la pandemia, por no hablar de otras paranoias que se han difundido después. Los consejos y tutoriales sobre medidas eficaces para protegerse cuando no había mascarillas -lo de dejar los zapatos en la puerta de casa o, en fin, que nos hemos embadurnado de gel hidroalcohólico y resulta que no hacía tanta falta, bueno, nos habrá venido bien para otras cosas. Qué decir de los discursos políticos -no sólo en España-, que no tenían el menor reparo en sembrar más dudas y confundir a la población si servían para desacreditar al rival y encandilar a los suyos. Y, claro, cómo no citar las vacunas, eso de lo que antes no hablábamos porque no teníamos ni idea, pero ahora seguimos sin tenerla y sin embargo hablamos y hasta disertamos.

Al denostado por muchos, respetado todavía por algunos y cada vez más combustionado Fernando Simón, le han vuelto a poner a caer de un burro por declarar en su rueda de prensa del lunes -ahora ya son semanales-, a propósito de la controversia con la segunda dosis a los vacunados con Astra Zeneca, que “esto se ha utilizado por parte de los diferentes grupos políticos y de los lobbies que tienen intereses en un lado y en otro”. Y añadió sobre los medios de comunicación, que “pueden tener un interés determinado u otro… o patrocinadores determinados”. Bien, estaremos de acuerdo en que no es el director del CCAES la persona indicada para pronunciarse sobre esto. Pero cualquiera que conoce un poco cómo funcionan hoy estos mecanismos -y los medios son de los más conocedores- sabe que no ha dicho nada que no pueda ser verdad -que no significa que necesariamente lo sea, ojo con el matiz.

Al pecador no se le puede citar si no hay pruebas, pero algunos pecados sí se pueden contar o por lo menos describir. Hoy hay una gran proliferación de informaciones patrocinadas, unas explícitamente -con el correspondiente logo, elemento o diseño identificativo-, pero otras sin desenmascarar, colocadas como información real para que el público las consuma como tal. Y también hay opiniones patrocinadas, y por lo tanto, opinadores, tertulianos, expertos, editorialistas… Al patrocinador, lo que le interesa no siempre es lo que parecería obvio, que se hable mucho y bien de él. No, a veces le basta simplemente con poner un tema sobre la mesa, en el debate, en la calle. En ese río revuelto obtendrá sus ganancias.

Pero no todo es fango, no nos desconsolemos del todo. También, afortunadamente, hay información seria, sensata, fidedigna. Lo que pasa es que a veces cae en la tentación de exagerar un punto -o siete- las cosas, por aquello de que al que lo cuenta más fuerte o con colores más chillones quizás le van a prestar más atención. En fin, este siempre fue uno de los aditamentos de la competencia periodística, ni es nuevo ni debería ser ese el gran problema. Solo que, tratándose de un objeto de información tan dramático y, sobre todo, sensible, debería quizás extremarse el cuidado a la hora de dimensionar los recursos informativos. Diferentes periodistas y medios de prestigio han tenido el coraje de realizar ejercicios de autocrítica a propósito del tratamiento que dieron a algunas de sus informaciones. Otros, no.

Luego, están los datos. Éstos deberían tener sólo una lectura, lo que son, y hablar por sí solos. Pero no siempre es así. Porque resulta que hay formas de presentarlos, de destacar unos sobre otros, de contextualizarlos o no. Entonces, lo que debería ser una foto fija de la realidad, de la situación en un momento preciso, puede derivar en una visión parcial o en la puesta en escena de una media verdad, esto es, de una solemne mentira. Y esto se ha hecho a veces. Sea por torpeza, por urgencia, por ansia de impactar, por afán de deformar, por… sigan aduciendo motivos.

Y este es el panorama. Si tenemos semejante cruce entre informaciones serias e informaciones patrocinadas, opiniones honestas y opiniones funcionales, datos íntegros y datos sesgados, si además confluye toda esa gran avenida de bulos, proclamas oportunistas, teorías conspirativas… tenemos mucho, mucho ruido y confusión en la plaza. Y, por lo tanto, un gran e infumable pandemonio. Que es el que hemos tenido que soportar todo este tiempo a la vez que la pandemia nos encogía la vida y la salud, el alma y el ánimo. Que a veces, no todas, nos ha deparado incluso mayor desazón. Y que es el que no se va a ir. Ese virus en realidad ya estaba, pero se ha reforzado y es mucho más difícil de erradicar. Se va a quedar. Pase lo que pase y venga lo que venga.

Ahora ya tenemos mascarillas de sobra y arrugados los dedos de las manos. Pero nos van a faltar tapones para los oídos y más espacios de ventilación. Aparte de que será muy difícil mantener la distancia.

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