Pantallas mínimas, realidades simples

La realidad es compleja, pero no tenemos tiempo ni ganas de entenderla. Se impone entonces contarla de manera simple. Es lo que funciona. Desde los estrategas de la comunicación política hasta los especialistas en SEO, pasando por los responsables de contenidos que viven en connivencia con los de Marketing… incitan desde sus puestos de mando a reducir las historias. A ser posible, que todo su entramado -planteamiento, nudo y desenlace- se vea de un vistazo. Cada uno lo hace en función de su misión y objetivos, pero generalmente sin detenerse a pensar si el contenido que bajo sus premisas se va a difundir será suficientemente relevante y de calidad. Y puede también que pensando conscientemente que esa simplificación de la realidad procurará sus réditos.

Sucede que, ante la profusión de información, y a la velocidad a la que circula, la gente no da abasto. No ya para leerlo todo. Ni siquiera para discriminar lo que es valioso y separarlo de lo que es superfluo o directamente contaminado. Hoy viajan a la misma velocidad lo relevante y lo intrascendente, la información y la opinión, verdades y falsedades o las mitades de la misma verdad, esto es, ambas mentiras. Como tampoco hay mucho margen ni disposición para pensar, mucha gente tampoco tiene criterio. De discernir cuándo le están informando o cuándo le están engañando, cuándo es una noticia o un recado bien mandado. Se quedan con lo primero que les entre. Si no les gusta, lo ignoran. Si acierta con sus preferencias, lo compran y lo consumen, esto es, lo difunden.

En estos tiempos volátiles y agitados, resulta que lo desarrollado y argumentado penaliza. La exposición con matices agota. El análisis pormenorizado echa para atrás, porque se hace interminable para ciudadanos que necesitan respuestas rápidas a sus preguntas. Y por supuesto, que les convenzan. Pero para ello, han de ser directas y rotundas. El rigor periodístico no se cuestiona ni se apela a él como debiera. Si a uno le cuentan una película o le venden una moto, y está aparentemente bien armada, será verdad y así habrá sucedido.

Por otro lado, hoy accedemos a la mayor parte de la información a través de las pantallas. Ese no sería tanto el problema. Pero sí puede serlo el hecho de que las de los teléfonos se estén convirtiendo en el principal vehículo de acceso. Y esas pantallas, si se me permite el recurso, son demasiado pequeñas para que en ellas quepa la realidad. Para que se vea bien. Para que seamos capaces de entenderla. Por mucha memoria, resolución, calidad de conexión… Por ahí entra con fluidez, más que nada, lo superficial: notas de audio, memes, tuits, tik-tok, literaturas de whatsapp… que distraen, divierten, cuentan chistes, difunden eslóganes o frases ingeniosas… que hasta podrían complementar o aderezar una buena información. Pero no sustituirla.

Los contenidos que se adaptan al móvil son sucintos, lo que no tendría que ir en detrimento de su calidad. Pero como no es fácil sintetizar lo complejo, muchos terminan cayendo en lo facilón y lo ínfimo. Los artículos de fondo que pueden leerse perfectamente y con disfrute en un ordenador o en una publicación impresa, no soportan el espacio de dimensiones limitadas a la palma de la mano. Los párrafos se hacen eternos y hay que estar eternamente deslizando hacia abajo para llegar final, al que casi nunca llegamos. Es más, la vista se cansa, no es capaz de fijarse tanto tiempo y termina desistiendo. No es un medio para largos recorridos, ni siquiera para medias distancias. Prima la velocidad, la comunicación al sprint. Lo que se ve, se digiere y se puede compartir al momento.

Por eso, los estrategas de comunicación, contenidos, marketing digital… imponen la doctrina de adaptar los productos al medio en el que piensan, con razón, que llegarán a una mayor audiencia. Las webs tienen que ser mobile friendly, algo razonable. Pero los contenidos, también. Y ello implica ajustarlos al espacio ínfimo, que consumirlos no lleve más tiempo y esfuerzo del razonable. Nada de artículos largos, nos dicen estos expertos, y por supuesto, tipografías dilatadas, destacados en negrita o en colores, enlaces… todo para que el producto entre por la vista. En cuanto a los mensajes, breves, directos y redondos. Que no admitan matices ni atisbo de reflexión. Esto lo estamos viendo en la comunicación política de estos tiempos, en el mundo y en España: mensajes minimalistas, argumentos muy simples, fácil y rápidamente asumibles por los adictos a un determinado partido o ideología. Que hagan por parecer verdades como puños, cuando en realidad, la mayoría de las veces, son más bien puños disfrazados de verdad.

Tendemos, en fin, a simplificar el mundo a través de informaciones empaquetadas y bien presentadas, como si fueran comida rápida. Y si una produce indigestión, ardores y a la larga obesidad y mala salud, las otras generan desinformación y, en último término, ignorancia. Consecuencias de ésta son en gran medida el radicalismo, la polarización, muchos negacionismos de hoy en día y, en definitiva, el gregarismo de una buena parte de la sociedad que no es capaz de explicar ni juzgar por sí misma lo que ve, lo que pasa… y lo que le pasa. El mundo, los países, el nuestro, afrontan una etapa crucial, se precisan decisiones y debates sobre cuestiones trascendentales que van a marcar nuestro futuro. Ninguna de esas está normalmente en los chats ni en las alertas, pesan mucho para llevarlas en el bolsillo.

La realidad nunca fue fácil de aprender a la primera lección. Pero hoy es especialmente profusa, a la vez que intrincada e incierta. No podemos pretender abarcarla, y mucho menos entenderla, desde la pantalla del móvil ni en Instagram ni en un titular hábilmente compuesto para incitar al clic. Afortunadamente, se siguen publicando artículos, análisis y piezas periodísticas de gran calidad, creíbles, relevantes y, por supuesto, opinables. Desgraciadamente, se consumen poco. No tenemos tiempo. Ni ganas… Preferimos lo fácil, que no nos complique. Y si nos da la razón o una excusa para entusiasmar, soliviantar o asustar al vecino, mejor que mejor.

Hablando de buenos contenidos, para no dejar mal sabor de boca, dejo por ejemplo esta pieza Coronavirus: La enésima ola | Opinión | EL PAÍS (elpais.com), que roza algo con lo que comentamos aquí. O esta otra, que podría explicar quizás algo de lo que nos pasa ¿Y si los neandertales somos nosotros? | Ciencia | EL PAÍS (elpais.com). ¿Habrán soportado el análisis SEO…?

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