Bombas cada vez más cerca

Las bombas caen cada vez más cerca, compañero. Puede que la vida no sea otra cosa que una aproximación de bombardeos que al principio se antojan lejanos, aunque sabes que ocurren, y de hecho se escuchan detonaciones ocasionales en lontananza.

Entonces hablábamos de Berlín, de su impronta imperial, pero decías que a los que no pueden ni ver los alemanes es a los de Múnich. Qué arrogantes y qué suerte tienen siempre…

Era el tiempo en el que vivíamos ajenos al peligro, distraídos con las cosas banales que nos pasaban. Indolentes ante los avisos de ciertos mayores, muy conscientes ellos de lo que se cernía porque ya sabían lo que era andar penosamente entre escombros. Seguramente creímos que aquello no iba ni iría con nosotros.

Hablábamos de Carlos V, de si fue lo que pudo ser o se quedó en lo que hicimos de él. De las colonizaciones, cada uno la suya, y en fin, me hacías ver la constatable diferencia entre un peruano y un australiano de hoy.

Nos empezamos a dar cuenta de que aquello podía ir en serio cuando empezamos leer los partes de guerra que intempestivamente llegaban a casa o las crónicas agitadas del vecindario. Pero es verdad que, si nos empezábamos a preocupar, lo hacíamos más bien por los seres cercanos, los que entendíamos más vulnerables. No iban a caer de plano sobre nuestro techo, pero si acertaban, tendríamos recursos para saltar o esquivarlas. Convenía, en cualquier caso, tomar las debidas precauciones.

Hablábamos de cine, pero tú te sabías todas, me parecía a mí. De música, y ahí ya te ganaba por poco, o eso creo yo. En la de los ochenta sí te defendías, y yo recurría a Goodbye Lenin para mantenerte el pulso al menos, con una película que sabía que podíamos compartir.

De día intentábamos hacer vida normal, salir y aparentar una despreocupada alegría, sabiendo que de noche deberíamos correr a ponernos a cubierto. Aun sin certeza plena de estar más protegidos en casa. Ya nos parecía que el círculo se iba estrechando, cada vez se oían más cerca. Y ya no era sólo el estrépito, también la vibración, los cristales se resentían y llegaban gritos de miedo y desesperación. Los efectos colaterales se hacían patentes, pero ya te iban diciendo que los directos habrían de alcanzarnos de lleno y no iban a tardar.

Hablábamos cuando salíamos a fumar, tendrías alguna pregunta que yo no sabría responder, o no tenía ganas de hablar, pero terminábamos echando una risa o algún comentario mordaz, seguramente de algún inglés.

De los meses que hubimos de permanecer quietos y guardados en la trinchera, ninguno salimos bien. Pero tú, quizás, bastante peor. Me decían, te veía y no quería preguntarte. Pregunté cuando ya no te vi, y casi sin decir, me dijeron lo suficiente. Ya no hice ninguna pregunta más, esperé sin querer ver ni saber, hasta que un buen día me vinieron a contar. Habían pasado dos semanas ya. El ataque había sido certero, la bomba, de efecto retardado. Un sordo estruendo recorrió de la escalera al portal.

Habíamos hablado de muchas cosas, pero posiblemente se nos quedó mucho por comentar y despotricar. Todavía hago por encontrarte cuando paso y miro de reojo por nuestros cuarteles generales, pero ya me voy haciendo a la idea. Nunca recordaré cuándo fue nuestra última conversación.

Las bombas caen cada vez más cerca. Esta ha impactado al lado y las astillas me han alcanzado. Sé que no van a parar… nos queda apurar la vida hasta el próximo bombardeo.

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