Dictadura comunista

Me hace mucha gracia cuando escucho últimamente a gente quejarse de que “parece que estamos en una dictadura comunista”. Seguido, a menudo, de un estentóreo “Viva España”. La escena varía, puede tratarse de alguien visiblemente cargado de copas a quien no le sirven la penúltima, o que se desespera en la cola del estanco ahora que hay que entrar de uno en uno, o simplemente que sigue empecinado en que las restricciones que nos tienen impuestas en prácticamente todo el mundo deben obedecer al capricho autoritario de alguien… comunista, sin duda.

Ignoro si estas personas tan ofendidas han visitado Corea del Norte, han estado en la China actual -no digo ya en la de Mao, que me temo que para ellos era aquel que hacía tan buenas cervezas. Si tienen más edad, puede que hayan conocido la URRS, la de Stalin no creo, pero a lo mejor la de Kruschev, Breznev o posteriores… o hicieron una gira por la Alemania Oriental, Checoslovaquia o Hungría de los cincuenta y sesenta… cosa que me extrañaría también. Todo lo más, puede que hayan estado en la Cuba castrista, pero dudo que una vez allí se hayan enterado mucho de lo que hay. En fin, no sé qué otras dictaduras habrán conocido, porque la que han y hemos tenido aquí, precisamente comunista no era. Que la misma mierda son una y otra, en eso estaremos de acuerdo… ¿o no?

Pero si al sustantivo dictadura no le aplican el adjetivo comunista, parece que no se quedan tranquilos. Vale que los hay que, efectivamente, entienden que la verdadera dictadura es esa, porque lo otro fue una “democracia orgánica”. Pero, en general, llamar comunista a cualquier cosa fea, desagradable o abominable que te sucede en la vida o persona deleznable que conoces, se ha convertido para estos en la sentencia definitiva. Puede que algo equivalente al “pelotudo” argentino. Pueden llamarle a alguien cornudo, ladrón, traidor, asesino, cualquier palabra gruesa que se tercie… pero si le llaman comunista, ya se lo han dicho todo. Y no necesitan llamarle nada más.

Aparte de ceguera ideológica y desubicación histórica y geopolítica, lo que hay detrás de este lenguaje deformado no es más que manifiesta ignorancia. Que han hecho por alimentar en los últimos tiempos ciertos sectores de la clase política. Pero que los medios de comunicación han consentido, bien porque han declinado en su labor básica de formar (además de informar y entretener), bien porque no han puesto el mínimo interés en desmontar el entuerto. Ahora oímos decir con toda naturalidad lo de “comunismo o libertad”, que por otro lado ha sustituido sólo unos días después al “socialismo o libertad”. Esas soflamas, esgrimidas por un tal Trump, nos parecían simplemente exóticas en el contexto de la América profunda para la que hablaba. Pero dichas en España en siglo XXI, son para preocuparse realmente. Y que valgan votos a favor, es para alarmarse.

El caso es que esa confusión no la teníamos en este país hace 40 años, y sin embargo, la tenemos ahora. No vamos a dar aquí un tratado de historia política, documentación hay de sobra y al alcance. Simplemente citar, recordar, que la mayoría de los partidos comunistas de Europa Occidental renunciaron en los años 70 a la ignominia en que había derivado el régimen soviético y optaron por amoldarse a las democracias europeas. El PCE, legalizado en 1977, fue uno de los actores clave en la transición española, cuyo espíritu conciliador se evoca tanto ahora, en estos tiempos de bronca y polarización. En las primeras elecciones, obtuvo 20 escaños y uno de sus diputados, Jordi Solé Tura, fue designado ponente del partido para la redacción del texto constitucional. Por lo tanto, es considerado uno de los “siete padres” de la Constitución. Y nadie dijo entonces ni dice hoy que nuestra ley de leyes sea o tenga tinte comunista, pese a que comunista fue uno de los que la redactó.

Comunistas declarados de esa época fueron Pablo Picasso, Rafael Alberti, Paco Rabal, Antonio Gades y muchos artistas, intelectuales… y periodistas que hoy nos llevaríamos las manos a la cabeza si los recordamos. Y tan comunistas eran aquellos dirigentes del partido como los de hoy. Siempre han mantenido representación parlamentaria, más nutrida o más exigua, hoy integrado -o más bien diluido- aquel PCE en esa amalgama de formaciones de izquierda y más a la izquierda que se llama Unidas Podemos. Por lo tanto, un político comunista, como los de cualquier otro partido de nuestro espectro, puede ser brillante, ponderado, buen orador… y por el contrario, inepto, inútil, mentiroso, ventajista, bocazas… Ya sabemos que últimamente abundan más de los segundos que de los primeros, de izquierda a derecha y por el centro. Pero ello va en la calidad de la persona que ejerce la política, no en su ideología.

En cuanto a las dictaduras, el mundo las ha conocido de todo signo, fascistas, comunistas y eminentemente militares. Y dicho queda, la misma mierda son. Pero pretender hacer ver que en España rige un estado autoritario, un régimen social-comunista al estilo bolchevique o simplemente una democracia de dudosa calidad, denota profundo desconocimiento por parte de quien se lo cree, pero muy consciente mala fe por parte de quien lo proclama. Ello no quita que todas las democracias del mundo sean mejorables, y en todas, como en la nuestra, se sigan colando injusticias por sus rendijas. Pero para eso están los políticos. Para mejorarlas, no para cuestionarlas o denunciarlas. Y, desde luego, no para aspirar a ganarse apoyos en el caldo de cultivo de la ignorancia.

Y los medios de comunicación, si de verdad pretenden seguir siendo ese pilar esencial del Estado de derecho que con toda razón reivindican, deben aplicarse a su labor. Y no despistarse con la urgencia de las audiencias, las métricas o los KPIs. La función pedagógica que se les supone incluye la asignatura fundamental de desmontar las falacias, de cualquier signo e índole. La opinión es libre, pero cuanto más informada y con más conocimiento, mejor opinión y más libre será. Si hay personajes y organizaciones que tratan de capitalizar en su beneficio el clima de desazón, inseguridad, desafección o pura indignación que cunde en las sociedades actuales -no sólo en la española-, deberían encontrar quien les pare los pies y las cabezas, siempre con la información, el rigor y la perspectiva por delante. Pero si se pliegan a hacer de palmeros de los que agitan la infamia, nos va a ir muy mal. A todos y a ellos también.

En fin, no tengo mucha esperanza. Me temo que seguiremos escuchando a los convencidos de que vivimos en una dictadura comunista que les obliga a llevar mascarilla y a no tomarse su güisqui en la barra, y a los que denunciarán el estado fascista que no les deja quemar tranquilamente un contenedor o reventar un escaparate en defensa de la libertad de expresión. Y lo peor, a todos esos que les jalearán y darán toda la atención y visibilidad que de que otra manera no se ganarían. Es lo que vemos todos los días en el parlamento, en la televisión y en la calle. Gente que sigue creyendo que en este país y en esta vida la población se divide en normales y subnormales… y que ellos son de los normales.

Y ahora, voy a darme un paseo y tomarme una cerveza, antes de que los comunissstas vengan a Madrid a cerrarme los bares.

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