Los virus volantes II: contagiosa ignorancia

El miedo es infinitamente más contagioso que la enfermedad. La mentira se propaga hoy más rápido y más lejos que cualquier virus conocido. Ya decíamos que los virus volantes tienen mal antídoto, pueden no ser letales en sí mismos, pero cuando se difunden a profusión, tienen un efecto altamente contaminante y devastadores efectos colaterales. No matan directamente, pero confunden. Y dejan un desolador balance de ignorancia.

Es posible que, en efecto, algo no sepamos o no nos estén contando del todo. Pero tenemos que ceñirnos a los datos que tenemos. Del coronavirus tenemos en España, a día y hora de hoy, cincuenta y tantos casos confirmados y la gran mayoría muy leves, subiendo, sí, a lo mejor mañana son 100… A nivel mundial, según el marcador oficial, los afectados se acercan a los 90.000 y los muertos a 3.000 -el 93% de ambos en China, un país de 1.300 millones de habitantes. Volvamos a España. La gripe común afectó el invierno pasado a más de 500.000 personas, y causó 6.300 muertes, según datos del Ministerio de Sanidad. Es fácil estimar que la campaña de este año se cerrará con cifras similares, son las que más o menos se vienen registrando. Pero estas no son ni serán noticia. No obligarán a cancelar ninguna feria, no se suspenderá ningún partido, ninguna rueda de prensa (¡!!!), no se llamará a la gente a no viajar ni a dejar de abrazarse o darse la mano. No se hunden las bolsas cada año, ni se paran las empresas ni los negocios.

Desde prácticamente todos los ámbitos, se apela a tratar el asunto con responsabilidad y sin alarmismos que hagan cundir el pánico. Pero la alarma crece. Se habla de relativizar el riesgo y dimensionar adecuadamente el alcance y los efectos de esta epidemia. Pero el miedo se desata. Se reclama información veraz y contrastada, así como atender a informaciones que provengan de fuentes acreditadas. Pero cunde la desinformación. Se alude a la proporcionalidad en las medidas y reacciones por parte de los entes públicos y privados. Pero se actúa desproporcionadamente. ¿Y cómo es esto? Tal vez, sucede que en cada uno de esos ámbitos residen unos intereses. Y éstos priman, demasiado a menudo, sobre las intenciones. Se podrá pedir y recomendar mesura en el análisis de la situación, pero al final, nadie va a dejar de mirarse lo suyo, y que actúen responsablemente los demás.

Desde el lado de la opinión, los medios de comunicación vienen haciendo una llamada a la cordura en el tratamiento de los hechos. Pero a la hora de informar, necesitan audiencia, repercusión, clics… Entonces, ilustran en primera plana con una chica con mascarilla y de fondo el Duomo de Milán o quién sabe si mañana la Puerta de Alcalá; emiten crónicas de sus enviados especiales bien pertrechados, como si fueran corresponsales de guerra; dedican espacios interminables en los que hablan y opinan expertos en todo lo que se tercie; o entrevistan a Teresa Romero, la enfermera contagiada de ébola en Madrid hace cinco años. Pero qué va, no hay que suscitar el pánico…

Las empresas son muy responsables y atentas, pero antes que nada a su negocio, y elemento hoy esencial de éste es la reputación. A cualquier multinacional de las que renunciaron a participar en el Mobile World Congress u otro evento de los que finalmente se han cancelado, ni le hubiera preocupado, en términos de imagen, que alguno de sus trabajadores hubiera vuelto contagiado de gripe común, varicela, un herpes… Ni siquiera si en un viaje de negocios a África hubiera contraído la malaria o el dengue. Porque nadie hubiera hablado de ello. Pero si va y se contagia un solo empleado de coronavirus, ya tiene montada la crisis. Y hay que evitar cualquier riesgo… de ver afectado su buen nombre. Aunque sea a costa de lastrar y arruinar otros nombres y reputaciones.

Luego, están las instituciones. Que tienen como misión gestionar la situación desde sus diferentes ámbitos -sanitario, económico, social… Pero también viven sujetas al clima de opinión pública. Quiere esto decir que no pueden permitirse que se les achaque en un momento dado no haber hecho lo suficiente, que se hayan cruzado de brazos o que han infravalorado la amenaza. Y claro, prefieren curarse en salud -nunca mejor o peor dicho- y, en muchos casos, optan por sobreactuar. Mejor pasarse que no llegar. Entonces, la OMS eleva los niveles de alerta, los ministerios de Sanidad nacionales se ponen todas las vendas posibles, el gobierno suizo prohíbe las concentraciones de más de 1.000 personas, en Italia se suspenden todo tipo de eventos y espectáculos… Y en realidad, no hacen otra cosa que asustar más.

También tenemos a los profesionales del protagonismo. Los que no pierden la oportunidad de salir en la foto y con un titular altisonante. Personajes que salen a darse su propio homenaje, y a título personal, dejan su impronta. Que, por supuesto, no suele ser moderada ni que invite a la reflexión, porque eso no vende, da mucho más rédito incitar las emociones. Así, escuchamos a tertulianos que no pueden renunciar a dar su opinión sobre cualquier tema de actualidad, lo dominen o no. Asistimos a declaraciones de supuestos representantes de importantes entidades, como el Comité Olímpico Internacional, cuando en realidad están hablando en su nombre y con ánimo más de impresionar a la audiencia que de aportar una visión reveladora. Y, por supuesto, políticos que ven la ocasión de ganar puntos en las encuestas. Por lo general, lo único que consiguen unos y otros es espantar aún más al personal. Pero ellos, tan campantes.

Y no faltan, claro, los oportunistas. Todavía salen por ahí pertinaces que siguen achacando la ya antigua noticia de la cancelación del MWC a la situación política en Cataluña. No les van a bajar de ahí, no van a permitir que les estropeen la coartada. Desconocemos que insoportable clima político se vive en Ginebra, en Berlín o en todo el norte de Italia. Pero les da igual, seguirán a piñón fijo. Por supuesto, tenemos a los que están deseando esgrimir la teoría de que China es culpable. Pero también están los que siempre apuntarán a Estados Unidos. O que alguna relación tiene que guardar esto con lo de Venezuela, no se extrañen si también lo escuchamos. A todos estos les resbalan los infinitos argumentos que se les puedan ofrecer en contra. Porque saben que siempre encontrarán adeptos que les creerán incondicionalmente. Por no hablar de los desaprensivos que se dedican a difundir bulos, con mala o peor fe. Y sigue la ignorancia corriendo…

¿Entre todos la están matando o nos están matando a todos? En la República Democrática del Congo se desató en 2019 un brote de sarampión que en enero de este año ya había dejado 6.000 muertos y más de 300.000 afectados. Pero casi nadie lo ha contado, salvo alguna noticia que nos han pasado por ahí. Y, desde luego, nadie se ha asustado. ¿Qué significa ese país en la geopolítica y en la economía mundial? Sin embargo, el espectáculo del coronavirus marcha en todo su apogeo. El marcador registra tiempo y resultado, atenta la ciudadanía que no quiere perderse cómo va la Liga. Y los medios de información despliegan su carrusel deportivo, en este caso tiovivo vírico: peligro en La Condomina – un nuevo afectado en Valencia – gol anulado en El Insular – se cancela una feria en Colonia – penalti en Mestalla – El IBEX se hunde en otra jornada trágica – expulsión en Riazor empresas suspenden viajesERTE en Navarra, ¿en El Sadar? No, en Volkswagen… y sigue contando, sigue sumando, el pitido morse sonando… pero no son goles, son golpes muy certeros y muy bajos.

Porque sí va a tener esta crisis, aparte lógicamente de las personas y las familias seriamente afectadas, efectos reales y devastadores en todo el planeta: el parón de la industria china, que virtualmente es la fábrica del mundo; las pérdidas de las empresas por carecer de suministros; el quebranto económico que para las ciudades supone la cancelación de eventos que dejan mucho dinero; el daño irreparable que va a sufrir todo el sector del turismo; entre otros… Pero estos no los habrá provocado un virus que dicen que viene del pangolín. Los habrán ocasionado todo el miedo y la mentira profusamente expandidas a cuento del bichito, posiblemente al servicio no de un único interés, sino de diversos y todos muy egoístas e irresponsables.

Huimos despavoridos de alguien que tose en el tren y, sin embargo, no sospechamos que se pueda estar jugando con nuestro futuro en algún lugar muy lejano. Si el impacto económico de esta epidemia deviene en otra recesión mundial, ya sabemos quiénes serán los que paguen las consecuencias más dramáticas, desde luego, no los gobiernos ni las autoridades sanitarias ni los editores y directores de medios ni los consejos de administración. Si lamentablemente contables suelen ser las víctimas de cualquier epidemia o catástrofe natural, tristemente incontables pueden ser las que depara la ignorancia. Y la peor y más contagiosa de las ignorancias es la que tiene su origen en un virus volante, debidamente cultivado y estratégicamente expandido. Que no sabemos todavía si será el caso, pero, por ahora, dejémoslo en torpemente esparcido.

Hace una semana nos hicieron cambiar las máscaras del Carnaval por las mascarillas faciales, pero ahora ya estamos en Cuaresma, que al fin y al cabo equivale a cuarentena. Esperemos que termine pronto, o por lo menos, que no dure más de lo previsto. Porque, de alargarse más de la cuenta, quizás lo que nos venga pueda ser una penitencia mundial.

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