Cuando la mentira va en el nombre: desmontando términos falaces

Ya sabemos que es precisamente en la era de la información cuando nos asola una alarmante epidemia de desinformación. Y que desinformar es, a veces, una perversa pero efectiva estrategia de comunicación. Hoy vamos a hablar de una de las tácticas más sutiles, que podríamos llamar más propiamente de desorientación. Y de la que a menudo no nos damos ni cuenta. Se trata de la mentira insertada en el propio nombre de las cosas. Sí, cuando a determinadas personas, entidades, grupos, conceptos… se los designa mediante sustantivos o adjetivos que llevan implícita la intención de destacar una connotación particular o generar una percepción, hasta convertirla en certeza, que no se corresponde con la realidad. Ese título que se les cuelga puede ser intencionadamente o no inexacto, pero generalmente se aplica con intención de confundir. Y a base de repetido, efectivamente, termina confundiendo.

Hoy tenemos una serie de términos que se usan profusamente y con toda soltura en los discursos, fundamentalmente políticos, y también en los medios de comunicación. No ya esos que nacen y viven con una manifiesta intencionalidad partidista, sino también, con preocupante frecuencia, otros que presumen de prestigio y rigor. Y se repiten esos términos, por extensión, en la conversación, tanto pública como cotidiana, en las conferencias y en los espacios informativos, durante las cenas en familia o en las conversaciones de barra de bar. Vamos aquí a desgranar algunos de los más comúnmente utilizados, y ampliamente aceptados. Y vamos a tratar de desmontar estos nombres falaces.

Vamos a empezar con:

‘Buenismo’. Diga lo que diga la Real Academia, que lo aceptó en 2017, este es un término acuñado expresamente por canallas para descalificar a aquellas personas que se caracterizan por una humanidad de la que ellos son incapaces. Un concepto perverso con el que blanquear su bajeza. Por eso es de gente “buenista” -esto es, ingenua y tonta- dar dinero a una ONG, ampliar el presupuesto nacional para cooperación, intentar mediar en conflictos internacionales, salir en defensa de los débiles o promover políticas inclusivas, por ejemplo de inmigración. Defienden sus inventores que el altruismo es una imbecilidad y lo inteligente, faltaría más, es ser egoísta, insolidario y majadero.

Sigamos con:

‘Populistas’. Esto ya intentamos explicarlo en su día (¿Populismo? ¿Y tú me lo cuentas?). Los partidos políticos podrán ser de izquierdas o de derechas, liberales, conservadores, progresistas, de extrema una o extrema la otra… Pero el populismo no es una ideología. Es una forma de ejercer el liderazgo, consistente en concitar masas de seguidores a base de regalarles los oídos con mensajes simplones con los que resulte fácil identificarse. Y es transversal a todo partido o ideología. Césares, reyes absolutos y dictadores de todo pelaje han sido grandes maestros en su uso, pero no han sido ajenos al vicio partidos ni líderes democráticos, que puntual o sistemáticamente han expresado su mayor o menor dosis de populismo. Y algunos se han hartado…

Y ya que hemos tomado carrerilla:

‘Comunista’. El senador McCarthy los persiguió implacablemente en los años 50, y ahora parece que vuelve la caza. El régimen totalitario así denominado dominó el este de Europa durante medio siglo y hoy resiste en Corea del Norte o China (¿???) a partir de la doctrina de Lenin y luego de Stalin, que se suponía que ponían en práctica los fundamentos de diversos ideólogos, fundamentalmente de Carlos Marx. Pero los partidos comunistas occidentales de finales del siglo XX renunciaron explícitamente al marxismo, como también los socialistas. Hoy un partido comunista, como el de España, es simplemente un partido de izquierdas, más a la izquierda que otros, pero plenamente amortizado en nuestra democracia y tan constitucional que precisamente participó en la redacción de nuestra Carta Magna. Por lo tanto, utilizar el término “comunista” para demonizar al que lo es o al que va con ellos, aparte de mala intención y nula tolerancia, denota un buen grado de ignorancia.

‘Pro etarra’ o términos similares que evocan vinculación con la tristemente recordada banda terrorista. Si bien es cierto que en su momento algunas organizaciones, como la hoy llamada Bildu, actuaron como su brazo político, una vez desaparecida ETA, estas formaciones mantienen sus ideas -que un sector de la población vasca defiende- pero no su vinculación con el terrorismo. Podrá quedar en sus filas algún elemento ligado al pasado de la banda, lo que corresponderá a las fuerzas de seguridad investigar y a la Justicia juzgar. Pero el partido político hoy es legal, democrático y tiene derecho a presencia y voto en las instituciones, a votar en ellas, apoyar, pactar… Se le podrá discutir y cuestionar políticamente a quien acceda a negociar o acordar con ellos, pero no se le podrá decir que pacta con etarras, y muy miserable será identificarle como “amigo”, “colaborador” o “blanqueador” de terroristas.

‘Golpista’. Coloquialmente se les podrá llamar tales, pero para serlo técnicamente, deben haber sido condenados por el delito de rebelión. Algo que todavía no ha sucedido con los promotores y auspiciadores del referéndum ilegal del 1-O, y no sabemos si sucederá hasta que el tribunal que les ha juzgado dicte sentencia. Por lo tanto, llamar a estos señores golpistas es, hoy por hoy, una aseveración malvada que da por hecho algo que todavía no es, una vez más, con el ánimo de influir y confundir. Cuando se conozca la sentencia y sea firme, sabremos y podremos decir con propiedad lo que son.

‘Productividad empresarial’. Por tal, según una definición más o menos correcta, podríamos entender la capacidad de una empresa para conseguir sus objetivos -rentabilidad, fundamentalmente- a través de la combinación acertada de todos los factores que determinan su actividad, desde sus activos (empleados, tecnología, materias primas…) hasta su modelo de dirección, pasando por sus estrategias productivas, comerciales y de marketing, etc… Bien, pero cuando leemos o escuchamos a las grandes instituciones empresariales, no digamos a las patronales, o a algunos intocables gurús de la prensa económica, pareciera que la productividad termina limitándose a un único factor, los empleados, y más particularmente al coste que representan. Cuanto menor sea, más productivos.

‘Eficiencia energética’. Siendo justos, ahora esas organizaciones empresariales tienen otra gran panacea en la que sustentar sus lamentos relativos a la productividad: el coste de la energía. Es entonces cuando entra en juego este gran palabro, con el que se llenan la boca desde los ministros de industria de turno hasta los sindicatos y los empresarios, pero sobre todo las grandes empresas del sector energético. Que la blanden como una bandera al viento y retaríamos a contar las veces que este ampuloso término aparece en los artículos, discursos y entrevistas a sus directivos. Esa eficiencia energética que es como “El Dorado” que todos buscan, pero nadie encuentra. Uno de los casos más flagrantes de mentira que todos repiten hasta el agotamiento, solo que esta vez no consiguen ni que parezca verdad.

Drogado’. Cuando se dice de un deportista que ha dado positivo en un control anti-doping. Antiguamente, en efecto, los que querían mejorar su rendimiento artificialmente tomaban drogas, primero alcohol, luego anfetaminas y otras más sofisticadas. De ahí el término inglés doping, que significa precisamente eso, droga. Pero después, una vez estas sustancias ya eran fácilmente detectables, pasaron a valerse otro tipo de productos o tratamientos: hormonas, anabolizantes, esteroides… que tienen más que ver con la medicina avanzada, solo que en muchos casos perversamente usada y manipulada. Por eso, ni Ben Johnson ni Lance Armstrong ni ciertos halterófilos chinos o rusos han sido propiamente unos drogados ni drogadictos. Otra cosa sí que son…

‘Fascista’. Hubo un movimiento fascista alemán, italiano, español… y sí, hoy tiene sus seguidores y nostálgicos, algunos han fundado nuevos partidos políticos. Pero de ahí a calificar como tal cualquier salida de tono digamos autoritaria, desde la derecha o desde la izquierda, hay una notable diferencia (Cospedal llamó fascistas a los que hacían escraches y algunos separatistas catalanes nos lo llaman a todos los españoles). Lamentablemente, en política hay mucha gente burra, grosera y aprovechada. Pero cada cosa tiene su nombre. Podremos hablar de caciques irreductibles, de dirigentes arbitrarios y desleales, de prebostes trasnochados… y retratarlos a cada uno por lo que son. Pero sería peligroso abaratar el concepto de fascismo usándolo de buenas a primeras. Ah, y aquellos que tachan de fascista a todo lo que no es como ellos, a todo lo que se mueve, mucho cuidado, porque a lo mejor pueden ser ellos los que lleven el gusano dentro.

‘Independentista’. Lo es el que propugna la salida de sus instituciones de las de la nación o territorio al que están legalmente adscritas. Separatista es el que además aspira a que sus respectivas sociedades se desvinculen totalmente. Pero ni una cosa ni otra es necesariamente quien reclama un referéndum o apela al derecho a decidir. Tampoco lo es el que defiende un diálogo para reordenar la relación entre esas instituciones. Y el que luce o cuelga lazos amarillos en Cataluña, simplemente está manifestando su desacuerdo con que los encausados por el procés permanezcan en prisión, bien por considerarlos presos políticos (lo que es un error, porque no lo son) o bien porque entienden que no deberían estar en esa situación hasta que no se resuelva el juicio (que sí podría ser más defendible). Y por supuesto, no es independentista el que habla con independentistas, se comunica con ellos o los entrevista. Pero ya se sabe que para algunos es más rentable políticamente -e informativamente- mostrarlos a todos bajo el mismo gorro.

Estos son sólo algunos que nos han venido al vuelo, podríamos traer muchos más. La mayoría de estos vocablos, inexactos o decididamente mentirosos, por lo general no pretenden más que alentar la ignorancia, propagarla y emborracharse de razón con ella. La defensa contra ellos, sin embargo, es muy fácil: informarse bien, documentarse, contrastar… y en definitiva, no comprar directamente la primera historia que nos cuentan. Porque, por desgracia, el primero que corre a vendernos su moto suele ser el que tiene una que anda justamente hacia atrás.

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