Se busca apuntador

Se ha representado recientemente en Madrid una obra teatral, Sopros, dedicada a destacar la figura del apuntador. Una profesión prácticamente extinta. En España ya no quedan en activo, y en Portugal resisten dos. Una de ellas, Cristina Vidal, es la protagonista de este montaje (cuyo título significa “soplo” en español). La diferencia es que, en vez de trabajar en la sombra, por primera vez en sus 40 años de oficio sale a escena y el público la ve persiguiendo a los actores que por ella se desenvuelven, soplándoles las frases del libreto que se les han ido al limbo de la memoria. Así consigue el director no ya homenajear y poner en valor esta figura, sino recrear una verdadera metáfora del teatro que es la vida.

Porque, hablando de metáforas, ¿cuántos no hemos ejercido alguna vez de apuntadores aficionados en algún momento del teatro de nuestras vidas? O muchas veces, y no de forma tan aficionada. Por ejemplo, si lo miramos bien, los que se dedican al noble -se supone y casi siempre- oficio de la Comunicación. De una manera u otra, incluso de muchas maneras, han tenido que desempeñar esta función, incorporarla de hecho a su hoja de servicios -no a sus minutas, evidentemente. Principalmente cuando los actores con los que trabajan han de salir a escena, esto es, cuando actúan como portavoces. Que también llevan su libreto, en su caso los mensajes que deben transmitir. Y también, a menudo, se quedan en blanco. O, lo que es peor, ni se lo han leído o han improvisado un verso que no era de ese texto. 

Los que nos conocemos lo sabemos. Y podríamos recordar todas las veces que hemos intentado sacar de un apuro a nuestro portavoz. No ya cuando le hemos soplado clandestinamente esa cifra o ese término preciso que se le ha olvidado de repente. ¿Cuántas veces no le hicimos una señal desde el fondo de la sala, a espaldas de los periodistas, para que no se dejara en el tintero un mensaje o una oportuna mención? O nos han visto llevarnos las manos a la cabeza. ¿Cuántas veces no resistimos la tentación, si estaba a nuestro alcance, de pasarle disimuladamente un papelito con el mensaje terapéutico? Y que levante la mano el que en alguna ocasión no haya carraspeado, tirado el boli al suelo para llamar la atención, y hasta -si la confianza con él lo permitía- darle un “imperceptible” codazo o sutil patadita por debajo de la mesa. No, a lo del cartelito todavía no hemos recurrido, afortunadamente. Claro, los apuntadores en Comunicación no sólo recordamos, también corregimos. Y cuando ves que tu portavoz -y la organización que va detrás- van camino de precipitarse por los rápidos del Zambeze, no tienes otra que acudir como sea a salvarle.

Cuando es el caso de una entrevista en diferido, esto es, las de prensa escrita, que se graban y luego se transcriben, la función de apuntador es muy normal y no tiene secreto. El responsable de Comunicación cumple su papel e interviene siempre que lo cree oportuno -sin pasarse para no parecer impertinente- y apunta aquello que entiende que debe quedar bien reflejado. El problema viene cuando la actuación es en directo: radio, televisión, ruedas de prensa, comparecencias públicas… En este tipo de funciones, no trabajamos dentro de la clásica concha, pero casi. Porque no se nos debe ver y, sobre todo, no se nos tiene que notar. Pero el portavoz necesita saber que estamos.

Uno recuerda ahora a un directivo de una multinacional, muy disciplinado cuando se aplicaba a la función de comunicar. Cuando salía a dar una rueda de prensa, hablaba y exponía su argumentario no dirigiéndose a los periodistas que tenía enfrente, sino mirando a su asesor todo el tiempo. Buscando aprobación o indicación respecto a todo lo que refería. En una ocasión, este asesor se había ubicado en una posición lateral, con lo que el portavoz, pese a toda su buena voluntad, estaba hablando descaradamente de perfil a la prensa. Por más que el profesional le hacía movimientos de cabeza señalando a lo que tenía delante, no había manera. Y ya no tuvo más remedio que, lenta y disimuladamente, moverse al fondo de la sala -donde siempre conviene situarse, por cierto. Así, aunque siguiera mirándolo, al menos la vista ya apuntaba en una dirección más creíble y la puesta en escena era más verosímil.

En cualquier caso, siempre se agradece la disposición del portavoz a dejarse ayudar. Hay otros, en cambio, que no prestan atención o que simplemente se ciegan y pierden la composición de lugar. En esos casos es muy difícil apuntarles. No podemos hacer como Cristina Vidal en Sopros, salir a la palestra y cantarles las cuarenta en público. Por eso, siempre lo fundamental es que se sepan bien el guion. No al pie de la letra, no es necesario. Basta con que tengan claras las dos o tres ideas principales a transmitir. Y que hayan trabajado previamente, que lo hayan preparado con sus equipos de comunicación. Eso es, que les hagan caso. Al portavoz puede olvidársele una línea, pero el problema es cuando salen al escenario y el que lo sabe se da cuenta de que no es que no se sepan bien la letra. Es que se han pasado el libreto por el forro. Y así, es cuando nos va a ir muy mal a todos, y a unos peor que a otros. Porque, consumado el desastre, el eslabón más débil ya se sabe cuál es.

Por lo demás, harían falta quizás más apuntadores en el mundo de la Comunicación. Cuando uno escucha a ciertos portavoces -políticos, empresarios, deportistas, intelectuales…- en los medios de comunicación o en cualquier acto público, piensa que serían muy necesarios. Incluso los que han ejercido en el teatro, en vez de reciclarse a regidores o abandonar las tablas, podrían reconvertirse a este perfil, que obviamente tiene sus particularidades. Alguien que esté cerca y les susurre, masculle, pero que también les advierta discretamente de que por ahí no van bien, que andan bordeando el jardín y se van a meter de lleno en él. Y no digamos si se tratara de apuntadores explícitos y visibles. Qué bonito hubiera sido que alguno de los debates electorales a los que hemos asistido últimamente hubiera admitido la presencia de los respectivos asesores de Comunicación, como cristinas vidales a las que se viera abordando sobre la marcha a sus líderes cada vez que se quedaran in albis, se les torciera el discurso o estuvieran incurriendo en faltas flagrantes. Trabajo hubieran tenido, no cabe duda. Y más transparencia, imposible.

Lo que pasa, y terminamos con lo de siempre, es que en la Comunicación sucede como en el teatro. Los apuntadores desparecen porque los productores teatrales ya no pagan sus servicios, se buscan sus parches para sustituirlos. Y muchos productores del ámbito de la comunicación, entiéndase organizaciones, tampoco invierten los verdaderos recursos que necesitarían para generar y mantener su reputación. Se piensan que cualquiera, a cualquier precio, puede hacerles ese trabajo. El de comunicador y el de apuntador.

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