Periodistas, ¿para qué?

En una de esas delirantes historietas de Mortadelo y Filemón de allá por los años ochenta, el estrambótico Comité Olímpico recreado por F. Ibáñez dilucidaba sobre los que debían integrar la expedición a los Juegos que se celebraban ese año: los prebostes de Sanidad y Turismo, los presidentes de comunidades y mancomunidades, subdelegados, vicesecretarios, todos los federativos y sus familias, el cuñado de aquel, la querida del otro… Oiga, ¿y deportistas? – ¿Eh? Deportistas, ¿para qué? – Bueno, son las Olimpiadas, hay deportes… – Ah claro, bueno, podemos llevar a mi primo Edilberto, que juega al golf.

No se crean que era tan disparatado el episodio que historiaba el genial dibujante. Por aquellos años, en el deporte español, las cosas se llevaban poco menos que así. Luego los tiempos han cambiado, y hoy sí que vamos a los Juegos Olímpicos con representaciones dignas de deportistas, aunque tampoco han dejado de acudir nutridas “delegaciones” con sus invitados, adheridos y demás apéndices. Pero me viene a la cabeza esta historia cuando reparo en el periodismo de hoy, más concretamente en las redacciones y en las ofertas de trabajo que se publicitan.

Leo esta semana al admirado Vicente Lozano, que dedica su columna en El Mundo a la oferta de trabajo lanzada por el Wall Street Journal, en la que demanda desarrolladores, ingenieros, especialistas en datos… pero también, “fundamentalmente”, periodistas. Efectivamente, los medios de comunicación están cambiando, la profesión debe reinventarse y el trabajo de aprender cosas para contarlas necesita verse reforzado por especialistas que les permitan adaptarse a las nuevas tecnologías y aprovechar todo su potencial. Al final hablamos de conseguir un periodismo más moderno y mejor, lo que requiere una inversión. Y concluye el autor con una razonable afirmación: “si usted quiere un periodismo mejor, debe pagarlo. Y si usted paga, el periódico debe ofrecerle un periodismo mejor”.

Hasta ahí bien, creo que pocos no estarán de acuerdo. Lo curioso viene cuando, dos días después, llega El Confidencial Digital con esta otra información. Resulta que Unidad Editorial, la empresa editora de El Mundo y otros medios, ha lanzado también su oferta de trabajo. Y busca básicamente diseñadores de productos digitales, comerciales, especialistas en contenidos audiovisuales… pero ningún periodista. De hecho, hace tiempo que esta empresa no contrata a ningún redactor, no sustituye las bajas que se vienen produciendo y viene adelgazando su nómina de colaboradores. Es más, la citada oferta laboral se ha hecho extensiva a los propios trabajadores de la casa, que podrán optar a estos puestos. Es decir, que los que sean periodistas que los cubran dejarán de trabajar como tales.

Parece fácil deducir que la columna de Lozano guardaba relación con esta política de su empresa. Y trata de justificarla. Tiene claro, como lo tenemos muchos, que los nuevos profesionales técnicos son necesarios para mejorar el producto, pero que quienes lo hacen, generando buenos contenidos, son los periodistas. La diferencia, para él, es que la edición digital del WSJ tiene más de un millón y medio de lectores de pago. Si El Mundo -o cualquier otro gran diario nacional- los tuviera, también contrataría periodistas. Mientras tanto, sólo contrata a gente que hace otros trabajos. Bien, pero ¿y si fuera al revés?

Hablamos de Unidad Editorial porque es la que viene ahora al caso, pero podríamos referirnos prácticamente a cualquier editora o grupo de medios hoy en España. Cualquiera que funcione en o alrededor de este mundo sabe que las redacciones andan cada vez más precarias. Tanto en personas como en medios para realizar el trabajo. Esa precariedad tira a la baja de la calidad del periodismo que se hace y que se pretende vender. Entre esos medios que se echan en falta, uno fundamental es el tiempo. La actualidad no mengua, más bien todo lo contrario, es hoy más frenética que nunca. Pero si son menos personas para interpretarla y contarla, tendrán que dedicar menos tiempo a cada información. Y por mucha destreza que apliquen, que se les supone y la tienen, siempre correrán el riesgo de no elaborar la pieza correctamente, no contrastarla ni completarla, despacharla con la urgencia que demanda la inmediatez con la que es imperativo llegar al público. Y claro, lo mal hecho no puede salir bien. Luego, la crónica de urgencia que se cuelgue en la web será la misma que saldrá a la mañana siguiente en el periódico, porque ya no renta tener una redacción digital y otra para el papel.

Así, mientras las empresas siguen perdiendo dinero, sus medios pierden credibilidad y los periodistas llevan por los suelos su autoestima a la par que su reputación social. Pero nadie se plantea contratar más periodistas para tener mejores plantillas que hagan buen periodismo y las audiencias se lo reconozcan, y por lo tanto, se lo compren. Se afanan en buscar analistas, community managers, expertos en marketing digital, especialistas en SEO, estrategas en redes sociales… Como si fueran los únicos que pueden encauzar el negocio, sacar a flote la nave. Ah, y también se dedica un buen presupuesto a eventos que conciten a la flor y nata del mundo político y empresarial, para presumir de influencia. Entonces hacen falta especialistas en organizarlos, técnicos en logística, expertos en localizaciones, agencias de telemarketing… Y por supuesto, un nutrido equipo comercial y de marketing, integrado por verdaderas estrellas del sector publicitario, que diseñarán ambiciosas y sugerentes campañas con las que relanzar las ventas. Es decir, de todo, menos periodistas.

Se trata de vender bien el producto, posicionarlo y elevarlo socialmente. Pero a lo mejor podrían preocuparse también por que el producto sea bueno. Desde luego que hoy son absolutamente necesarios profesionales técnicos, ingenieros y desarrolladores. Por supuesto, buenos comerciales y gente que sepa de eventos. Pero todo ello debería servir, como bien asegura Lozano, para complementar y amplificar la misión esencial de un medio de comunicación, que es ofrecer buena información y contenidos interesantes. Y ese trabajo, que se sepa, no lo hacen otros que los periodistas. Entonces, ¿por qué no se empieza invirtiendo en ellos? Efectivamente, el buen periodismo hay que pagarlo. Pero podríamos apostar por hacerlo, o siendo más exactos, volver a hacerlo como lo hicimos. Claro, con quien sepa. Que consta que los hay.

Volviendo a la parodia de Ibáñez, pensemos en un grupo de señores que están planeando montar un gran periódico. Y están decidiendo qué personal incorporar: ingenieros de datos, analistas web, programadores en Java, maestros en mover marcas en Twitter e Instagram, diseñadores top, un ejército de comerciales y grandes sabios del marketing… ¿Y por qué no cocineros con estrellas Michelín, exministros que dan conferencias, abogados de prestigio, empresarios de éxito, celebrities…?. Oye, ¿y periodistas? – ¿Eh? Periodistas, ¿para qué? – Hombre, es un periódico, da noticias… – Ah claro, bueno, mi vecino me dijo que en el colegio hacía una gaceta… Pues no hace falta imaginar tanto. Parece que es a lo que vamos.

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