Uno que ochenta…

Dibujante, no hay dibujo. Por los campos de Segovia los cielos no son como los de Tiziano. Y la pena infinita viaja en taxi o a tramos en ambulancia. Los barrios de Madrid no tienen patios ni limoneros, los altos balcones atisban paseantes pensativos, que dudan si creer o no creerse ya nada. De Magallanes a Galileo, los ojos se descubren y van tomando forma según la paleta les aplica gotas de vidrio. “¿Qué te ha dicho el médico? – Que huya”.

No te olvides de Haití ni de las áridas mesetas. Deja que el corazón espere otro milagro de primavera. Que la tarde de un domingo cualquiera se detenga y se quede donde bien estaba. El genio no siempre es comprendido, a veces pretende dejarlo en ridículo la estupidez que habla más fuerte y más alto. Al menos quedará ilustrar toda esa necedad y, al fin, reírse tranquilo con las propias invenciones que no son sino realidad pura.

Ligero de equipaje viaja el pintor por su mundo, en su caballete esos paisajes que le hacen volver a ser niño y en el monedero unas pocas perras por si las visitas. Lo que dibujes, que sea solo tuyo, le dijeron al dibujante cuando empezaba. Lo que escribas en el papel, hasta en ese último que te guardaste en el bolsillo, que sea único. Lo que quede en el lienzo, que no lo pueda plasmar nadie más. También les hubieran dicho.

No son buenos tiempos para el arte ni para la risa, pero en realidad nunca lo fueron. Y cada uno, en su momento, en su época, lo constató. Se ganaba más como pintor de cámara que trabajando por libre, como más rentable fue siempre ir con los que ganan que escapar de ellos. Se entraba en la Academia pareciendo serio, sesudo y formal, que no gamberreando con la lengua, por muchas palabras que se inventen y la gente use sin saber quién. ¿No era para desarticularla? Menos mal que no todo son tristes noticias, leo que han detenido al inventor del “abrefácil” por fin.

No son los azules de Castilla como los de Venecia, pero sí los cielos más altos. La pena pernocta en un vagón abandonado, allí a la mañana siguiente se dejará la maleta con lo único que le quedaba. El mínimo equipaje que ya ni es. Es muy difícil ser comprendido allá donde la inteligencia siempre pierde, y el camino que queda andar es el de la retirada. No hay quien le preste una escalera al que sólo pretende arrojar un poco de luz. En la oscuridad somos todos igual de imbéciles y nadie molesta. No hay que quitar clavos, hay que clavar más.

Y así la vida tenía que seguir. Pintaba un olmo viejo hendido por el rayo, en silencio en la habitación con balcón que era su estudio. Las moscas, inevitables golosas, siempre estarían ahí para revolotear en la penuria, como las viñetas para punzar en las conciencias indolentes. Se hace dibujo al dibujar, y al volver la vista atrás, se ve la vida hecha que no se ha de volver a vivir. Llaman a la puerta, y puede ser un aviso de que hay que volver a partir. “Donde hay poca justicia es un peligro tener razón – Eso es de cajón – No, de Quevedo”.

Al poeta lo derribaron, como al olmo del Duero, con su hacha los grandilocuentes de la sinrazón. Le helaron el corazón, exactamente como él predijo o quién sabe si se avisó a sí mismo. El pintor terminó a tiempo el retrato perfecto, el que estaría ya ahí todos los días, y pensó en todos los encargos que aún le quedaban por entregar. Hoy le firmarían un contrato de cinco minutos, y luego ya se vería. El dibujante fue glosando las escenas que iba viendo, que a él también le hubieran derribado, y separó las más crueles para convertirlas en sonrisas que al segundo dejaban una mueca de dolor. “Mamá, ¿nosotros somos África? – Vosotros sí, hijo, pero nosotras ni eso”.

El pueblo que ponía a Dios sobre la guerra se llenó de razón otra vez. “Hola, ¿qué haces? – Leer – ¿Por…?”. Y a la pena irredenta no le quedaba más destino que un hotel barato donde terminar los días interminables. Un pueblo de pescadores donde quedarse a esperar. O tardes enteras de recrear paisajes y ennoblecer semblantes y bustos con tal de no tener tiempo de pensar. “Febrero es un mes muy malo”, le recuerdo haber dicho una vez. “Estos días azules y este sol de la infancia”, se leyó en el último trozo de papel.

Da igual si hace uno, ochenta o cuarenta y tantos. Si dibujante, poeta o pintor. Siempre quedará un cielo alto castellano, unos pasos que seguir y algo que contar. Son esas huellas el camino y nada más.

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