Back in Berlin

No quedó nada escrito de aquel viaje a Berlín, y tampoco existía este blog. El caminante despistado venía de vivir su día más corto, y le esperaba el más largo -él no lo sabía- apenas un mes después. La primera imagen que le impactó al llegar, y la que permanecería años grabada en su memoria, fue la semiderruida torre principal de la iglesia del Káiser Guillermo, tronchada por la cúspide, un terminante aviso de que la más poderosa construcción no es más que un juguete fácil de romper cuando la guerra viene a jugar.

La solemne ruina marca el punto de partida de una bajada de vértigo por Kufürstendamm (después ya la llamaría Ku’damm, como todo el mundo allí), y presidirá a continuación la esmerada subida de vuelta, en total siete kilómetros para que el caminante se vaya enterando. Un paseo por una vereda urbana le trasladaría después a la Postdammer Platz, le contaron que la más transitada de Europa en los años 20, después fue solar. Cuando la encontró, era mitad un festival de sonido y luz, y mitad, la otra, todavía solar.

Pero todavía no había visto más que el Oeste. Estaba en la ciudad que, ya para siempre -a no ser que las cosas cambiaran mucho algún día-, iba a quedar marcada por la división geográfica. Imaginaria o no, con muro o sin él, naciones distintas o la misma unificada, ya todo quedaría identificado, señalado como de un lado o del otro. La diferencia, no poco importante, es que ahora no había que saltar, cruzar ni jugarse el pellejo para cambiar de acera, para deambular plácidamente por lo que fue una frontera con todas las de la ley.

Para el caminante, llegar al Este era un proceso laborioso. Había que ascender bordeando el Tiergarten -un bosque urbano más que un parque- hasta la desafortunada columna de la Victoria -esa arquitectura imperial decimonónica. De ahí se baja en picado hasta la Puerta de Brandemburgo. Este tramo lo hacía entonces andando, días después lo gestionaría corriendo, ida y vuelta, cuesta abajo y después cuesta arriba. La sorpresa el primer día será que Brandemburgo no será la histórica Puerta, sino una gran lona cubriéndola. Según se venía desde el Oeste, se apreciaban dibujadas, figuradamente tras las columnas, la catedral de San Basilio de Moscú y una pagoda china. Desde el otro lado, lo que se revelaba eran el Big Ben y la Torre Eiffel. Toda una declaración, lo pretenciosa que se quiera, de que uno estaba ahí en el punto medio del mundo.

Y hablando de pretensiones, la avenida Unter den Linden, que se abre nada más franquear la supuesta pero hipotética Puerta, era toda una manifestación de la majestuosa impronta que gustara exhibir esta ciudad. Ni imaginarse puede el caminante cómo aparecería esta vía -decididamente imperial otra vez- en los oscuros años de la vergüenza. Pero ahora sí encuentra motivos para vestirse orgullosa y presentarse al visitante con toda la autoestima recuperada. El paseo es absolutamente luminoso hasta la Alexander Platz, con su muy alemán pirulí -los inventaron ellos, ¿verdad?- al que ya habría momento de subir.

El paisaje cambiaba radicalmente cuando se dejaba la soberbia plaza a la izquierda y el caminante se adentraba en el barrio de Nicolás, donde la grandeza deja paso al placer de las pequeñas cosas, lo colosal a lo pintoresco. Seguiría una travesía por la ribera del Spree, una caminata de nuevo hasta la Postdammer Platz, después hasta el barrio turco donde dicen que inventaron -y patentaron- el Döner Kebab… y quedará desandar todo ese camino de vuelta al Oeste, incursión incluida en el Tiergarten. No estará mal para la primera mitad del segundo día. Al tercero, el ya dolorido caminante se enterará de lo que es el U-Bahn (metro) y el S-Bahn (cercanías).

Por entonces, no vivían precisamente al lado Nefertiti y Pérgamo. La primera tenía su residencia en el museo egipcio, cerca del imponente castillo de Charlottemburg (Oeste); el segundo, en la Isla de los Museos (Este), da nombre y contenido esencial al museo más espectacular de Berlín. El caminante tampoco iba a olvidar el pasmo que le causó entrar en el edificio y encontrarse con ese altar, íntegro, de una pieza, alojado en una sala de dimensiones ciclópeas, que en realidad construyeron después de colocado el monumento. Hace poco leyó que la reina de la dinastía XVIII también había cruzado de parte a parte la ciudad y había encontrado nuevo emplazamiento en la singular isla.

Tras la vorágine de los tres primeros días, los restantes fue un deambular, a veces con y otras sin sentido, dejando que los castigados pies le marcaran el paso y el rumbo. Las acogedoras cenas en Savigny Platz. Una extraña excursión en busca de un antro que ni estaba ni tenía la menor pinta de ubicarse en una calle como esa. Los viajeros de aquella línea de metro, que parecían de otro país. Pararse delante de los icónicos osos, ataviados o pintados según la personalidad del barrio en el que habitaban. Entrar, aunque sólo fuera para cotillear, en todos los garitos de la misma orilla de Oranienburgerstrasse. Y constatar que, definitivamente, Spandau no tenía nada que ver con un ballet.

Una mañana espesa de domingo, el caminante se asustó. En un momento de trance creyó sentir en su cabeza una lejana pero tremenda explosión, hasta escuchó algo que le pareció gente gritando. Se quedó confuso primero, luego se preocupó. Decidió buscar una excusa para llamar a casa. Todo estaba tranquilo, no había novedad. Era un 11 de agosto, un mes después el mundo iba a temblar.

Y una sensación que no dejaba de crecer y sobre la que reflexionaría a la vuelta, y no ha dejado de hacerlo estos años. Aquel Berlín vivía entre lo que pudo ser, lo que realmente fue y lo que esperaba ser. En medio de ese tránsito, parecía no saber bien lo que era. Es entonces el momento de ir a ver por dónde va. Volvemos a Berlín.

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